Espiritualidad

reglaFuentes y elementos fundamentales

La espiritualidad de la Orden de San Agustín procede del seguimiento de Cristo según los preceptos evangélicos y de la acción del Espíritu Santo. El ejemplo y el magisterio de san Agustín, así como la tradición misma de la Orden, inserta en la corriente de las órdenes mendicantes, son sus principales puntos de referencia. Su código fundamental es la Regla de San Agustín, que propone un modelo de vida religiosa basado en la primitiva comunidad de Jerusalén:

“Ante todo [os mandamos] que habitéis unánimes en la casa y tengáis una sola alma y un solo corazón en camino hacia Dios. Este es el motivo por el que, deseosos de unidad, os habéis congregado. Y no consideréis nada propio, sino tenedlo todo en común… Pues así leéis en los Hechos de los Apóstoles: “Tenían todas las cosas en común y se distribuían a cada uno según su necesidad” ( Hch 4,32. 35) (Regla 3-4).

De acuerdo con esto, la búsqueda de Dios y la vida de comunidad son dos elementos fundamentales de la espiritualidad de la Orden, a los que va unido un tercero: el servicio a la Iglesia y la evangelización, como no podía ser menos en una Orden cuyas raíces se remontan al gran Obispo de Hipona y a las órdenes de fraternidad apostólica. Estos elementos se entienden desde una clave evangélica y eclesial.

Aspecto evangélico y eclesial

La espiritualidad de la Orden es, ante todo, una espiritualidad evangélica y eclesial. De hecho al comienzo de la Regla, lo primero y principal que se propone es cumplir los preceptos del amor a Dios y al prójimo, ley suprema del Evangelio, a semejanza de la primitiva comunidad de Jerusalén.

La norma fundamental de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo. Pero no se puede seguir a Cristo ni amarlo si no se ama a la Iglesia, que es su cuerpo. El agustino, por ello, está llamado de forma especial a ser testigo de la unión íntima con Dios y fermento de unidad para todo el género humano.

Somos miembros del Cristo total en unión con María. Esta, por su fe íntegra, firme esperanza y sincera caridad, nos acompaña continuamente mientras peregrinamos en esta vida y sostiene nuestra actividad apostólica.

Para que esta vida evangélica y eclesial se renueve cada día y florezca en la Orden, es preciso que cada uno de los hermanos “lea ávidamente, escuche con devoción y aprenda con ardor” la Sagrada Escritura” (Const. Ratisbona 17,113), sobre todo el Nuevo Testamento. La lectura de la Sagrada Escritura ha de ir acompañada por la oración para que se realice el diálogo del hombre con Dios.

Y como la Eucaristía es el sacrificio cotidiano de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que se ofrece a sí misma en él, debemos experimentar el amor que inflamó a san Agustín hacia tan sublime misterio que significa y realiza la unidad de la Iglesia en la armonía de la caridad e impulsa la actividad apostólica y la implicación en el mundo y en la historia.

Búsqueda de Dios e interioridad

El hombre solo encuentra su felicidad plena y definitiva en Dios, pues ha sido creado a su imagen y semejanza. Por ello, consciente o inconscientemente, tiende continua e insaciablemente hacia él, único en quien encuentra su verdadero descanso. La búsqueda de Dios no acaba nunca en esta vida.

El agustino asume de forma especial esta dimensión de búsqueda que es propia del ser humano. Por eso la principal dedicación de los hermanos es buscar a Dios y buscarlo sin límites, ya que sin límites debe ser amado.

Pero no se puede buscar a Dios sino en Cristo Jesús, Verbo que se ha hecho carne por nosotros y es para nosotros camino, verdad y vida. El ser humano era ciego para ver las realidades invisibles y espirituales, por eso el Verbo se hizo carne para que partiendo de la carne visible pudiese el hombre ser llevado hasta el Dios invisible.

Ese mismo paso, de lo exterior a lo interior, lo tenemos que dar en relación con todo lo que nos rodea. Si queremos encontrar a Dios, no podemos quedarnos en las realidades visibles, externas a nosotros mismo. Hemos de entrar dentro de nosotros mismos y seguir la vía transcendente que hallamos en nuestro interior. Solo por el camino de la interioridad podremos alcanzar el conocimiento y el amor de Dios y la participación en él. La luz del maestro interior ilumina entonces la realidad temporal y se hace posible la auténtica contemplación agustiniana: ver en el ser humano la imagen de Dios, en la Iglesia la realidad del Cristo total, en la historia la esperanza de nuestra peregrinación hacia la paz de la patria.

La oración personal y comunitaria, el estudio y cultivo de la ciencia, la reflexión sobre la realidad actual y la misma actividad apostólica son dimensiones imprescindibles en esta búsqueda. Estas actividades lejos de alejarnos de los problemas de la sociedad promueven una mayor implicación en el mundo, ámbito del amor de Dios y del encuentro con él.

Es necesario también que cada uno trabaje cuidadosamente en la renovación del hombre interior, porque al decir de san Agustín: “Quien te hizo sin ti no te justificará sin ti” ( Serm. 169,13). Esta renovación, iniciada con la gracia del bautismo, va perfeccionándose durante toda la vida, y será tanto más perfecta cuanto más se adhiera a Dios por el conocimiento y sobre todo por el amor. De este modo su imagen se renueva continuamente en el hombre y este se acerca al Padre guiado por la verdad de Cristo e impulsado por el amor del Espíritu Santo.

Comunión de vida

jacobLa comunidad es el eje en torno al cual se articula la vida religiosa agustiniana: comunidad de hermanos que viven unánimes en la casa, unidos por una sola alma y un solo corazón, buscando juntos a Dios y abiertos al servicio de la Iglesia. De hecho, considerando el pensamiento y el propósito de san Agustín y la tradición de la Orden, “vemos que basó toda su religión sobre la comunidad o, mejor dicho, sobre la comunión”: es decir, la comunión “de cohabitación local, de unión espiritual, de posesión temporal, de distribución proporcional”, a las que “se reducen, en última instancia, todas las normas de la Orden, tanto de la Regla como de las Constituciones” (JORDÁN DE SAJONIA, Vfr 1,1, 7-8.9.). Sobresale la comunión espiritual, sin la cual vale poco la comunión de cohabitación local.

La comunidad es fruto de la caridad y se expresa en la amistad, que engendra y nutre la fidelidad, la confianza, la sinceridad y la mutua comprensión. La caridad nos une en Cristo mediante el Espíritu Santo. Así, en unidad de caridad, comunicamos a los demás los dones que recibimos y asumimos de ellos lo que Dios les da.

La amistad en Cristo no solo facilita el desarrollo de la personalidad de cada uno, sino que también aumenta la libertad en la misma comunidad, en la que la amplitud de mente promueve el diálogo abierto y permite gozar de la necesaria autonomía para mejor poder servir a Dios. “A nadie hay que cerrar el camino de la opinión contraria cuando sin peligro de la fe podemos opinar de otro modo…, porque nuestro entendimiento no ha de sentirse prisionero en obsequio al hombre, sino en obsequio a Cristo” (EGIDIO ROMANO, De gradibus formarum, 2, 6.).

La caridad que hace posible la comunidad proviene de Dios y a Dios nos une, y mediante este proceso unificador, nos transforma en un nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea todo en todos (Cf. 1Cor 15,28). Por eso, la comunión de vida que san Agustín propone a semejanza de la primitiva comunidad apostólica es anticipo de la unión plena y definitiva en Dios y camino hacia ella.

Aunque esta “santa comunión de vida” (Trab. Monjes 16,17) entre los hermanos es un don de Dios, sin embargo cada uno de nosotros debe esforzarse intensamente en perfeccionarla más, hasta lograr la unidad en el amor, que subsistirá en la ciudad celeste. Nuestras comunidades tratan pues de ser en la tierra signos de esta unidad, teniendo como ideal la perfecta comunidad de la indivisa Trinidad.

Para conservar y aumentar la unión de los hermanos no ha de faltar nunca la oración, que es el medio mejor y el que más adecuadamente expresa y fomenta la unidad de la caridad mediante la plegaria común.

La humildad y la pobreza están en la base de nuestra vida común y espiritual y se compenetran tan íntimamente que nadie puede ser llamado “pobre de Dios”, como lo fue Agustín, sin ser humilde. En virtud de la pobreza y de la humildad consideramos todos nuestros bienes, materiales y espirituales, como bienes de todos, porque no los tenemos en propiedad, sino como asignados por Dios para su administración. Todos somos mendigos de Dios, conscientes de que las verdaderas riquezas son aquellas que, una vez poseídas, no se pueden perder. De este modo la pobreza individual y comunitaria y la humildad aparecen como signo de la unidad en la caridad, que hace de nuestra familia religiosa el templo de Dios que todos debemos honrar. Más aún, la medida de nuestro progreso en la vida espiritual se valora según el grado de entrega individual a las cosas comunes.

La comunidad agustiniana está llamada a ser un signo profético para el mundo convirtiéndose, con su vida fraterna, en fuente de comunión y motivo de esperanza.

Por último, no seremos capaces de vivir todo esto si no abrazamos por amor a Cristo nuestra cruz de cada día “con toda humildad, mansedumbre y paciencia, sobrellevándonos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (Ef 4,2-3). No tendremos nada que soportar mutuamente cuando de tal modo nos haya purificado el Señor en la ciudad futura, que “Dios sea todo en todos” (Cf. 1Cor 15,28). Pero, mientras peregrinamos, no podemos seguir al Señor sino llevando la cruz en el amor a Dios y al prójimo.

Servicio a la Iglesia y evangelización

Siguiendo el ejemplo de san Agustín, el amor a la Iglesia nos lleva a una total disponibilidad a sus necesidades, aceptando las tareas nos pide, según el carisma de la Orden. Esta disponibilidad al servicio de la Iglesia constituye una de las características esenciales de la espiritualidad agustiniana. Además, la apertura al mundo nos hace sentirnos verdaderamente solidarios de toda la familia humana e implicados en su historia, especialmente abiertos a las necesidades de los pobres y los que sufren, sabiendo que cuanto más unidos estemos a Cristo tanto más fecundo será nuestro apostolado.

Los deberes de la tarea evangelizadora consisten en predicar la Palabra, celebrar los Sacramentos y ejercer el servicio de la caridad. Por tanto, el ejercicio del apostolado debe nacer como una necesidad de transmitir a los demás las riquezas inefables de Cristo (Cf. Ef. 3,8) que los hermanos adquieren en la Comunidad y que, a través de ella, comparten con los demás. El apostolado agustiniano es, por consiguiente, una actividad externa que dimana de una vida interior profunda: es personal y al mismo tiempo comunitario. El apostolado individual recibe fuerza de la comunidad y se apoya en ella: todos somos apóstoles, porque todos oramos, trabajamos y nos ayudamos mutuamente.

La obra fundamental de nuestro apostolado consiste en cuidar lo que somos dentro de la Iglesia. Por ello debemos recordar siempre que la vida comunitaria en sí misma es el valor evangélico esencial que exige nuestra total entrega. En ella encontramos el fundamento y el apoyo de nuestro servicio a la Iglesia y al mundo.

Por último, para que nuestra Orden actúe siempre según su genuina espiritualidad, los hermanos, no obligados por la necesidad, sino movidos por la caridad, den testimonio de “su libre entrega al servicio de Dios” (Ep 126, 7), y sin buscar su propia justicia (Cf. Rom 3,10-20; Gal 2,16), háganlo todo para gloria de Dios, que obra todo en todos (Cf. 1Cor 12,6). Vivan persuadidos de que “también es gracia de Dios que los hermanos moren en comunidad, no por sus propias fuerzas, ni por sus méritos, sino por don suyo” (Com. Sal 132,10). Creados y redimidos gratuitamente, llamados y justificados gratuitamente, demos gracias a Dios y cumplamos nuestra misión en paz y humildad, gozosos en la esperanza y en espera de la “corona de la vida” (Ap 2,10) con que Dios, al remunerar nuestras buenas obras, no hará sino coronar en nosotros sus propios dones.

(Cf. Constituciones OSA, 16-39)

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