Álvarez de Toledo, Luis (+1576)

BiografíaBibliografía

Nacimiento. Conventual de Toledo

Pertenecía este ilustre personaje a la Casa de los Condes de Oropesa y había nacido en el pueblo leonés de Valderas. Se le considera hijo por profesión del Convento de san Agustín de Toledo, en el que habría profesado hacia 1555, si bien su nombre no aparece en el Libro de Profesiones I, en el que, no se sabe por qué, no aparece ninguna profesión en dicho año. Como subprior de este convento presidió casi todas las profesiones que hubo en él desde el 20 de octubre de 1563 hasta el 25 de octubre de 1566.

Misionero en Perú y Ecuador

En 1569 fue destinado, como Visitador, a la Provincia del Perú, confiando en que, con el apoyo del Virrey don Francisco de Toledo, pariente cercano suyo, conseguiría no sólo fortalecer las fundaciones ya existentes allí, sino también medios económicos para inaugurar otras nuevas en aquellas tierras. Su nombramiento, como Visitador, iba incluido en una Carta que el Provincial, fray Francisco Serrano, dirigía a aquellas comunidades. En ella el siguiente pasaje expresa el alto concepto de que gozaba en la Provincia de Castilla:

«… A los padres Definidores y a mí nos pareció nombrar por Visitador de esa Provincia al muy reverendo padre fray Luis Álvarez, persona muy religiosa y muy buen predicador, de cuya ida ha habido aquí muy gran sentimiento. Lleva toda nuestra autoridad como vuestras reverencias verán».

El entonces Provincial del Perú, fray Luis López de Solís, por orden expresa de Felipe II, lo envió en 1573 a Quito, junto con fray Gabriel de Saona, a fin de que fundasen una casa en aquella ciudad desde la que pudiesen extender la actividad misionera de la Orden. La misión fue coronada por el éxito, ya que muy pronto se hizo realidad la fundación del convento. Cumplido el encargo, fray Luis López le mandó regresar a Lima, «por la mucha falta que hacían sus sermones», en expresión del Virrey y del mismo pueblo. Lejos estaba él de saber lo que allí le esperaba: efectivamente, el día 11 de junio de 1575 era elegido Provincial, sin que él fuese miembro del Capítulo; un cargo que aceptó muy contra su voluntad y sólo por servir a la Provincia, tras haberle dicho el santo varón fray Luis López de Solís que «esa era la voluntad de Dios».

Muerte en visita provincial

Una de las primeras obligaciones, como Provincial, era girar la visita canónica a los conventos de la Provincia y no tardó en iniciarla. Al parecer, cuando se despedía de la comunidad del convento de Lima, les dijo que no los volvería a ver; sus palabras resultaron proféticas, pues, tras visitar a los religiosos que vivían en Guamachuco y reemprender el viaje para continuar la visita, al atravesar un río se cayó del caballo y murió ahogado. El triste suceso tuvo lugar en el mes de enero de 1576. Recibida la noticia en Lima, la consternación fue general. A las solemnes exequias asistieron no sólo las personalidades más importantes de la ciudad, sino toda clase de gentes que sentían hondamente la pérdida de aquel gran apóstol. Predicó la oración fúnebre el P. Gabriel de Saona, su compañero y confesor durante muchos años y en ella tuvo oportunidad de dar elocuente testimonio de las grandes virtudes que adornaban a fray Luis Álvarez de Toledo.

Su cuerpo, aunque buscado con toda diligencia, no fue encontrado sino después de varios días. Causó admiración que se hubiese conservado totalmente íntegro en una región infestada de animales salvajes y aves carroñeras. Los cronistas ponderan además que tenía un aspecto como si acabase de morir y sin ninguna herida. Llevado a la ciudad de Chuco, fue enterrado en medio de una gran manifestación de duelo, pero también con el gozo de ser depositarios de los restos de un verdadero santo. Después de dos años fue exhumado para trasladarlo a la ciudad de Trujillo, siendo encontrado totalmente incorrupto a pesar de que había sido enterrado sin ataúd; innumerables testigos pudieron comprobar, además, que despedía un agradable aroma.

Escritos

Sobre sus escritos nos dice el P. Antonio de la Calancha: «Escribió un tomo, que ahora tengo en las manos, de Sermones de todas las Dominicas del año, Advientos, Pascuas, Festividades de Santos y de la Virgen Santísima, Sermones de difuntos, Oraciones fúnebres y otros fragmentos de la Sagrada Escritura, que cada renglón es un volcán de fuego y una regla y arancel de la perfección evangélica».

Teófilo Viñas, OSA

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Para ampliar la bibliografía

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www.augustiniana.net/es/index.htm