Coruña, Agustín de (+1589)

BiografíaBibliografía

Agustín de Coruña es uno de los que formaron el primer grupo de misioneros agustinos que cruzaron el océano para ir al Nuevo Mundo descubierto, concretamente a México. Eran siete, “Los siete de la fama” en nuestra historia, a quienes inmortaliza el pintor, al representarlos con alas, como ágiles mensajeros, que vuelan, movidos por el Espíritu, a llevar el evangelio. Sus nombres: PP. Francisco de la Cruz, superior, Agustín de Coruña, Alonso de Borja, Juan de San Román, Juan Bautista de Moya, Juan de Oseguera y Jorge de Ávila. Santo Tomas de Villanueva había promovido con verdadero celo el envío de frailes llenos de ánimo y bien preparados para dar a conocer al Hijo de Dios Encarnado y su doctrina. Bien es verdad, que quien les envía de hecho es el nuevo Provincial, Fray Francisco de Nieva.

Nace Agustín el año 1508 en Coruña del Conde (Burgos), solar de la antigua Clunia, floreciente ciudad romana, venida a menos a causa de las invasiones sufridas en al Península. Algunos han confundido esta población, por el nombre, con la ciudad gallega de la Coruña. Sus padres se llamaron Fernando de Gormaz y Catalina Velasco, pero toma el apellido del pueblo natal, costumbre frecuente de entonces. Entra en el convento de San Agustín de Salamanca, donde profesa el 24 de junio de 1524 en manos de Santo Tomás de Villanueva, Prior a la sazón. Entre los compañeros de noviciado tuvo a San Alonso de Orozco. Al frente de la expedición va Fray Francisco de la Cruz, el “P. Venerable”, con quien llegan a las nuevas tierras y desembarcan en Veracruz el 22 de junio de 1533.

A Fray Agustín de Coruña se le ha llamado apóstol de Tlapa y Chilapa, donde realizó una labor evangelizadora que admira y elogia el P. Juan de Grijalva, primer historiador de la Provincia Agustiniana de México, y el P. Antonio de la Calancha en su Chronica Moralizada del Perú. Dotado de gran inteligencia, aprendió varios idiomas indígenas a fin de comunicarse mejor con los naturales del país. Escribió dos catecismos, uno breve, que presenta ya en la reunión de 1334, un año después de su llegada; el otro amplio, titulado Doctrina fácil para enseñar a los indios, en lengua mejicana y española. Más tarde fue catedrático de Prima en la Universidad de Méjico y luego Prior del convento de esta Ciudad y Prior Provincial en el capítulo de 1560.

En pocas líneas sintetiza el P. Grijalva la vida y obra de este apóstol: “No parecía hombre el bendito P. Coruña, ni en la vida ni en las acciones porque parecía espíritu, a una parece que caminaban sus pies y el pensamiento… Siendo uno de los siete primeros que vinieron con nuestro Padre Venerable, nunca había tenido un día de reposo ni había doblado los pies discurriendo por todas partes desde México hasta la Mar del Sur, por más de setenta leguas en longitud, predicando la fe de Jesucristo Nuestro Señor, donde la recibieron por su predicación, administrado los Santos Sacramentos sin faltar a nada, plantando pueblos y ciudades grandes, edificando conventos y aumentando de todas maneras lo que él mismo había plantado”.

El año 1564, al llegar a España en misión conjunta con los Provinciales de los Dominicos, Fray Pedro de la Peña, y de los franciscanos, Fray Francisco de Bustamante, recibe el nombramiento de obispo para la ciudad de Popayán en Nueva Granada (Colombia). Aunque se resistió a aceptar y presentó renuncia por humildad, debió aceptar por obediencia. Consagrado en Madrid (convento e iglesia de San Felipe el Real) poco después de recibir las Bulas Papales y emprendió viaje en octubre del 1565 y toma posesión de su sede el 3 de marzo de 1566. Era el segundo obispo de esta extensa diócesis de muy difíciles medios de comunicación debido a lo accidentado del terreno y pocos caminos. No obstante la recorrió toda, generalmente a pie, sólo siendo ya anciano hacía tramos en silla. Exigía a su colaboradores pero él iba por delante con el ejemplo.

Supo conectar con sus colaboradores, que fueron sacerdotes diocesanos, generalmente bien preparados, y frailes Mercedarios, Franciscanos, Dominicos y Agustinos. Trató con mucho empeño con San Francisco de Boja para llevar un equipo de la Compañía de Jesús, una fuerza joven, que conocía y estimaba. Desde el primer momento tuvo a su hermano de hábito, el P. Jerónimo Escobar, con el cual fundó el convento de San Agustín en Popayán.

El entregado Pastor se vio en situaciones enojosas frente a las autoridades civiles porque defendía los derechos de los indígenas a toda costa. Dice un autor: “Fue un bien para los afligidos habitantes del obispado. Este santo prelado repartió las rentas de su Iglesia en el auxilio de los menesterosos y llevó la voz del consuelo a los afligidos. A este oprimida raza (los indios) dirigió con particular solicitud su caritativo celo”. Su justicia, su firmeza y actuación en conciencia, le valió dos destierros, uno en Perú y otro en Quito. Mientras permaneció en Perú llevó a cabo una magnífica labor pastoral y dio testimonio de vida ejemplar a los frailes con quienes convivió en las casa de la Orden como uno más, participando en todos los actos de vida comunitaria y colaboraba en el apostolado y consejero del Virrey, D. Francisco de Toledo. Hizo todo lo posible por evitar la condena del Inca Tupac Amaru, amenazando incluso al Virrey con castigos de cielo por su injusticia. A pesar de no conseguir su propósito de evitar la muerte del Inca, se esforzó por acercarse a él y, con bondad y afecto, consiguió su conversión y bautismo. Por disposición del Rey Felipe II, que reconoce sus derechos y su rectitud de obrar, se le repone en su Obispado de Popayán donde siguió incansablemente sus actividades pastorales.

El segundo destierro lo pasó en Quito porque la metrópoli estaba muy dejos y tardaban mucho en dilucidarse las cuestiones planteadas en los obispados de Indias. Aquí permaneció unos cinco años, dos de los cuales con los agustinos en el convento de San Agustín y en parte en al administración de la parroquia Santa Bárbara y colaboración con el obispo diocesano, su amigo Fray Pedro de la Peña, más aún sustituyendo a éste en muchas funciones mientras estuvo fuera y luego quedó la diócesis vacante. Esta situación le impidió asistir al III Concilio Provincia de Lima, convocado por Santo Toribio de Mogrovejo en 1583. Pero el Concilio hace una calurosa y justa defensa del venerable Prelado de Popayán y eleva una firme queja ante el Rey, con estas palabras entra otras: “No dejaremos de dar cuenta a Vuestra Majestad de lo que tanto nos ha dolido y lastimado de nuestro hermano el Reverendísimo Obispo de Popayán… La Audiencia de Quito le prendió ignominiosamente y el trajo preso con hombres de guardia, distancia de cien leguas y tomándole y secuestrándole los bienes…” Firma el Presidente, Arzobispo de Lima, D. Toribio de Mogrovejo y todos los obispos congregados. Desde España, el Consejo de Indias es favorable al Obispo Coruña, el Rey Felipe II, reprendió ásperamente a la Audiencia de Quito por sus procedimientos contra este Obispo, y mandó que, a costa del tribunal se hiciese en desagravio una fiesta en la iglesia de Popayán”.

El fallo dado en Madrid fue en todo favorable al Obispo Coruña, a quien se le devolvieron todos sus derechos y regresó a su sede para continuar su incansable labor pastoral. Esto no quiere decir que, mientras estuvo lejos, dejara de actuar en el obispado, pues ciertamente mantuvo un permanente contacto con su vicario en Popayán para llevar adelante su programa episcopal.

Atento a la necesidad de una buena formación de la mujer cristiana, fundó un monasterio de monjas agustinas, que se cuidaran orar y educar a niñas y jóvenes de aquella sociedad. Si bien es verdad que no vio personalmente realizada la idea, por las circunstancias adversas, que se cruzaron, el dejó conseguido el local, la seguridad económica para la vida de la comunidad y las constituciones que regularan la vida religiosa y trabajo educativo. Éstas se inspiraban en la Regla de San Agustín y su espíritu. En una de las claúsulas del acta fundacional ante notario, dejó constancia de los fines: “Para mejor emplear en su santo servicio (de Dios) lo que ha sido de la renta de mi Obispado”. A lo añade: “Para remedio de doncellas pobres y aumento de la nobleza de esta ciudad de Popayán… he comenzado a fundar un monasterio de monjas en esta ciudad”. Tan monasterio estaría dedicado a la Encarnación de Hijo de Dios y prestaría un servicio admirable durante cerca de tres siglos. El año 1864 las monjas se vieron forzadas a salir de su convento y ciudad por la persecución del gobierno del Presidente Cipriano Mosquera, que dio una inapelable ley de exclaustración. Buscaron refugio en Quito, donde permanecen hasta hoy. En Popayán subiste el convento destinado a fines educativos por el Estado y queda el recuerdo.

Al morir dejó un testimonio de Santidad y abnegado pastor, que supo gastar su vida por el evangelio de Cristo y justa defensa de los necesitados. De santo se le califica en Popayán, Lima, Quito y otras muchas partes. Su proceso de canonización, aprobado por unanimidad en la Conferencia Episcopal de Colombia, se halla en Roma, bajo la gestión del P. Fernando Rojo, que la promovió.

Mensaje para el mundo de hoy

Hoy es un ejemplo de promoción humana, de defensor de los derechos humanos y evangelización encarnado en la realidad. Es también modelo de santidad en el propio estado de religioso y obispo. Por todo esto se biografía, su obra toda, puede servir de ejemplo al mundo humano y eclesial.

Félix Carmona Moreno, OSA

ALONSO, CARLOS. Agustín de Coruña, segundo obispo de Popayán (+1589), Estufio Agustiniano. Valladolid, 1993.

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