Mendoza, Alfonso de (+1596)

Quodlibeticae

Quodlibeticae

Nacido en Castillo de Garcimuñoz, tuvo por padres a Ildefonso Méndez de Sotomayor y Melchora de Mendoza. Fue hermano de fray Luis Méndez, agustino también. La profesión religiosa de fray Alfonso la reclaman, por igual, el convento de Salamanca y el de Toledo; pero de lo que no hay duda es de que su brillante carrera, como alumno y catedrático, la hizo en la Salamanca. Fue discípulo de dos de los más grandes catedráticos de esta Universidad, fray Luis de León y de fray Juan de Guevara. Recién terminados sus estudios teológicos, y con sólo veinte años de edad comenzó a regentar una cátedra de Teología en la Universidad de la Ciudad del Tormes. Tarea docente que, junto con la publicación de sus numerosos escritos, ya no interrumpiría hasta su prematuro fallecimiento.

Nicolás Antonio traza de él una magnífica semblanza, que el P. M. Vidal estampa en su obra, no sin antes decirnos que: “De tan gran Theólogo como el M. Mendoza, si yo tuviera de escribir pro dignitate, ocuparía muchas páginas; pero determino hablar conciso y por compendio. Por tanto, y también porque lo que dixera no se atribuyese a hipérbole, forjado a violencia del cariño, o mío o de los míos, pondré solamente lo que dejó escrito el erudito D. Nicolás Antonio en su Biblioteca (tom. I, pag. 23), traduciendo a lengua vulgar lo que allí dice con muy buen latín”. He aquí, pues, el elogio que de él hace este autor:

“Fray Alfonso de Mendoza Augustiniano, estudiando en su Convento de Salamanca, debajo de la disciplina de Luis de León (Theólogo claríssimo no sólo entre los de su Orden, sino entre todos los de su tiempo) aprovechó tanto en pocos años, que aun sin salir de su juvenil edad, no tuvo quien le aventajase en una y otra Teología Expositiva y Escolástica, siendo rarísimo en aquel siglo el Sujeto de quien con verdad se pudiese decir que siquiera le igualaba. Trató la Teología, no como muchos suelen, con un estilo desaliñado y aún intolerable, sino con el conveniente a una Facultad reconocida por reina de todas las demás; esto es, con aseo y elegancia. Cuando comenzó a dar al público sus Comentarios Teológicos tomó por empeño inducir con arte y suavidad a sus lectores a que no se contentasen con la lección de los Modernos sin consultarla bien con los antiguos Teólogos…

Fue también excelente y ameno poeta. Muéstralo bien en los versos latinos que compuso a honor de aquel clarísimo Varón Fr. Alonso de Orozco y en la recomendación de su Exposición sobre los Sacros Cantares y su elegancia convence que en esta parte (N. Mendoza) se elevó sobre sí propio y que las Musas en él no eran sola diversión de los más serios y nerviosos escritos sino espíritu y talento superior””.

Añade después Nicolás Antonio que le sorprendió la muerte cuando estaba propuesto para “arzobispo de Granada, ocasionando con su temprana muerte un gran perjuicio a la Theología, y tal que, en mi sentir, nunca habrá lágrimas bastantes para llorarle”, palabras estas últimas que, aunque suenen a hipérbole, no expresan sino el gran sentimiento de tristeza que invadió no sólo a sus hermanos de Orden sino también a todo el mundo intelectual de la época. Nos dejó numerosos e interesantes escritos, entre los que sobresale el titulado Quaestiones quodlibeticae. Las poesías que de él se conservan muestran que las musas le eran también muy familiares, como a su maestro y paisano, fray Luis de León.

Es de lamentar que el año 1996, en el que se cumplía el IV Centenario de su muerte, no se le hubiese dedicado ni en su pueblo natal, ni en su provincia de Cuenca ni en la Orden Agustiniana un recuerdo especial.

Teófilo Viñas, OSA