Merino Vegas, Fortunato

P. Fortunato Merino Vegas

P. Fortunato Merino Vegas

Nació en Iteroseco (Palencia), el día el 10 de octubre de 1892. Eran sus padres Pedro y María. Fue bautizado en la parroquia de San Miguel Arcángel el día 14 de octubre del mismo año. Después de realizados los estudios primarios estudió varias años de latín y humanidades en el colegio de San Zoilo de los Jesuitas de Carrión de los Condes (Palencia).

Tenía otro hermano agustino, fray Moisés, que había profesado, y estudiaba en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Este sería uno de los motivos por lo que se despertó en él vocación religiosa de agustino. Comenzó, pues, el noviciado en dicho Monasterio el 22 de septiembre de 1908 y profesó de votos simples el 29 del mismo mes del año siguiente, y de solemnes el 7 de octubre de 1913.

Realizó todos los estudios eclesiásticos en el mismo Monasterio de El Escorial. Fue ordenado de sacerdote el 19 de noviembre de 1916 en la Real Basílica del Monasterio.

Al terminar el cuarto curso de teología en 1917, se le destinó al colegio y residencia de la calle Valverde Madrid, y el año siguiente al de Palma de Mallorca. Permaneció en esta ciudad dos años. En 1920 fue destinado al colegio de San Agustín de Málaga, donde permaneció once años seguidos, hasta el año 1931. La actividad primordial de todos estos años fue el apostolado a través de la enseñanza. En todos los centros fue profesor y en el de Málaga fue también vicerrector del colegio y suprior de la comunidad en los años 1927-1930. Como estos tres colegios tenían anejas iglesias de culto público, tenía que ejercer el ministerio de la predicación y del confesonario.

El 12 de abril de 1931 fue proclamada la República en España. Con este hecho comenzaron tiempos difíciles para Iglesia y para las órdenes religiosas. La noche del 11 al 12 de mayo del mismo año ardieron numerosos templos y edificios de la Iglesia de Málaga, incendiados por gentes descontroladas y con el apoyo tácito del gobierno local y central, entre ellos el colegio, la residencia y la iglesia de San Agustín de esta Ciudad.

Tras el incendio sólo quedaron las paredes. Se quemó todo. La comunidad tuvo que dispersarse y quedó disuelta el 13 de mayo. Permanecieron varios padres para ayudar a los alumnos a terminar el curso.

Los demás padres fueron acogidos en otras casas de la Provincia, en especial de Madrid y del Escorial.

Al P. Fortunato, tras reponerse del susto y de un descanso, se le asignó de conventual en el seminario de Leganés, donde fue nombrado maestro de profesos y suprior de la comunidad en 1931. Por espacio de dos años tuvo bajo su cuidado la formación de jóvenes profesos, estudiantes de filosofía. En el capítulo provincial de 1933 fue nombrado suprior de la escuela apostólica de Guernica.

Su salud en esta época estaba muy delicada por una fuerte dolencia de hígado. Por este motivo había estado en el balneario de Cestona con el fin de reponerse. En el capítulo intermedio celebrado en Madrid el 13 de febrero de 1935 se le destinó a Málaga, con el cargo de suprior. Efectuó el traslado en el mes de mayo.

En el momento de conocerse los hechos del 18 de julio se encontraba sólo en casa el P. Fortunato, los demás religiosos estaban fuera de paseo. De vuelta lo encuentran rezando el rosario. Pasaron la noche en constante desasosiego y en vela, debido a que las milicias estuvieron ametrallando la residencia desde la cercana torre de la catedral. Mientras tanto el P. Fortunato, según palabras del P. Vidal “les exhortaba a recibir la muerte con resignación, si era voluntad de Dios”. El día 19 todos celebraron misa temprano y se vieron forzados a abandonar su convento y refugiarse en casas de familias amigas.

El P. Fortunato se dirigió con fray Diego Hompanera, hermano recién profeso, joven de 20 años, a casa de Dª Manuela Griffo. Solo permaneció un día. De allí pasó a la casa del Sr. Morillo, donde estaba refugiado fray Luis Gutiérrez. En vista del peligro que corría se le buscó refugio en casa de una familia menos acomodada, en un barrio pobre, para evitar sospechas. El dueño que era frutero y vivía en la calle Gigantes, le acogió de mil amores, pero tampoco allí estaba seguro por lo que tuvo que volver a casa del Sr. Morillo. El padre volvía desconocido. Entonces se les busca refugio a él y a fray Luis Gutiérrez, en casa de las sobrinas del párroco de San Juan. Sólo permanecieron un día en este nuevo alojamiento. Fueron denunciados por el portero de la vivienda y tuvieron de nuevo que cambiar de refugio. Las mismas sobrinas del párroco se encargan de llevarlos al Hotel Imperio, propiedad de un tío suyo. Allí se refugian los dos. No eran los únicos religiosos. Había también un sacerdote de la diócesis de Málaga, un salesiano y un marista. Se encontraban también otras personas, entre ellas dos sobrinas del provisor de la diócesis de Málaga Pérez Santos que había sido asesinado, y una muchacha que estaba al servicio del Obispo, D. Balbino Santos.

Pasan los días esperando una posible liberación. Parece ser que Dª Luisa Íñiguez gestionaba buscarles, por medio del cónsul italiano, la salida con destino a Tánger. Ellos, parece ser, que eran ajenos a todo.

El 25 de agosto, al anochecer, salían las dos sobrinas del provisor de la Diócesis con la muchacha del Sr. Obispo, para realizar un recado. Fueron detenidas a la puerta del Hotel haciéndolas un registro. Se les encontró una carta de la hermana del Sr. Obispo, que estaba en Sevilla. Tras este registro quedaron detenidas las tres y las llevaron en coche al cuartel de la Trinidad. Otra patrulla de milicias entró en el Hotel y detuvieron al P. Fortunato, a fray Luis Gutiérrez, al dueño del Hotel, al sacerdote diocesano, al hermano marista y al religioso salesiano. Todos fueron llevados también al cuartel de la Trinidad.

Las sobrinas del provisor estaban allí y oyeron todo lo ocurrido, aunque estaban en habitaciones distintas pero contiguas.

Fueron interrogados, ya bien entrada la noche, durante un tiempo prolongado en medio de grandes voces, insultos, blasfemias y malos tratos. Hacia las dos o tres de la madrugada de aquella noche les sacaron con mucho ruido. Todo se quedó sosegado. En torno a una hora después volvieron a entrar donde estaban las sobrinas del provisor de Málaga, y ellos mismos confesaron que les habían matado. Parece ser que les dispararon a las piernas y otras partes del cuerpo dejándoles malheridos. Los mismos asesinos volvieron tras algún tiempo a rematarlos. No sólo los mataron a tiros, hay señales de que también los acuchillaron. Se pudo recobrar la cédula de fray Luis ensangrentada y atravesada por un corte de arma blanca. Aunque corren varias versiones sobre el lugar donde fueron sacrificados, parece ser que en el Callejón de la Pellejera, muy cerca de la iglesia de la Zamarrilla, es el que ofrece más probabilidades. Sepultados en el cementerio de San Rafael, sus restos reposan ahora en la catedral de Málaga.