Monedero Fernández, Juan

P. Juan Monedero Fernández

P. Juan Monedero Fernández

Nació en Roa de Duero (Burgos), entonces diócesis de Burgo de Osma (Soria), el día 11 de septiembre de 1881. Sus padres se llamaban Luis e Isidora. Fue bautizado en la iglesia parroquial de Santa María la Mayor, de la villa de Roa, el mismo día de su nacimiento, y confirmado 26 de septiembre de 1881.

Hizo el noviciado en el Monasterio de SL de El Escorial y en él profesó de votos simples el 28 de noviembre de 1899, y de votos solemnes el 29 del mismo mes de 1902.

Cursó estudios de filosofía en el Monasterio y los de teología en Roma. Fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 1904. Se doctoró en el Apolinar de Roma.

Volvió a España en 1908, residiendo en el Monasterio de El Escorial, dedicado durante 28 años al estudio y enseñanza de la teología. En sus enseñanzas se ajustaba al pensamiento tomista. La Orden le nombró Maestro en Sagrada Teología el 28 de octubre de 1919.

Además de profesor se le nombró regente de estudios (1915), secretario de Provincia (1920-24), suprior del Monasterio y maestro de profesos (1924- 27), definidor de Provincia (1927-30) y prior del Monasterio (1930-36).

Residía en el Monasterio de El Escorial cuando sucedieron los acontecimientos del 18 de octubre. Unos días antes había cesado como prior, y debido a su cargo reciente, tuvo que actuar en constante contacto con el nuevo prior, padre Ángel Custodio Vega, que tomó posesión el mismo 18 de julio.

El 5 de agosto, por la tarde se comunica al prior, que se encontraba rezando maitines en el coro, que toda la comunidad, ya en plan de detención desde el 18 de julio, debía ser trasladada a Madrid el día siguiente. El padre Monedero fue a quien primero se comunicó la noticia. Estaba en esos momentos en el claustro principal alto, rezando el breviario. Las determinaciones que se tomaron, aunque en última instancia las daría el nuevo prior, siempre se hicieron consultando con el padre Juan Monedero.

Se trató ante las autoridades de aplazar el traslado, pero todas las gestiones fueron inútiles. Hablaron también de retrasar la salida con el fin de que todos los sacerdotes pudieran celebrar misa, pues ya muchos pensaban que podría ser la última de su vida. Se les recomendó que se hiciese la salida lo más pronto posible, pues había rumores de que se planeaba un encuentro en el camino con ciertos elementos revolucionarios que intentaban asesinar a la comunidad, y se quería evitar esto a toda costa.

Se tomaron ciertas precauciones durante la noche. Los estudiantes tuvieron un acto eucarístico. Todos tuvieron que madrugar. A primera hora del día el padre Juan Monedero y otros padres celebraron la misa, los demás sacerdotes, los estudiantes y hermanos comulgaron.

Se reunieron todos en el desayuno. Al salir del gran comedor, en la Lucerna, el padre Monedero se vuelve a los estudiantes que seguían en la salida a los sacerdotes y les advierte: “Ha llegado el momento de demostrar nuestra fe. Acordarse para qué vinimos a la religión. ¡Ánimo! Que nadie naufrague en la fe”.

Tienen que dirigirse a la Lonja Norte, saliendo por la puerta del Palacio donde les esperan varios autobuses. Mientras hacen tiempo en el patio un grupo de jóvenes en torno a una fuente se asean y se peinan, haciendo comentarios en plan jocoso y humorístico de algunos padres con aquella indumentaria. El padre Monedero se les acerca y les amonesta: “¿Pero creen ustedes que vamos a una fiesta? Pues no se hagan ilusiones. Las circunstancias son muy graves. Vamos muy probablemente a sufrir el martirio”.

En la Lonja se distribuyen los sacerdotes en un autobús, y el resto, los jóvenes profesos y hermanos, en otros dos autobuses. Antes de subir a los autobuses el padre Monedero dirige una arenga a toda la comunidad, recordándoles para qué han venido a la religión. Van custodiados por varios milicianos armados en cada uno de los autobuses. Abre la caravana un turismo en el que va la policía y el prior del Monasterio.

Llegados a Madrid después de pasar por la Dirección General de Seguridad se les encarcela en la prisión de San Antón el mismo día 6 de agosto.

“De este padre recordamos que, en una noche de agosto, en la que por motivos infundados, hubo verdadero pánico en nuestro departamento, llegándose a creer en una matanza general de los presos, mientras los demás ni siquiera pensaban en descansar, le vimos acostado sobre el pavimento, en pleno sosiego. Interrogado al día siguiente por aquella su extraña despreocupación nos contestó: Vi. que había confusión y miedo, pero como no podía yo arreglar nada, me acosté, y sea lo que Dios quiera”. En la prisión de San Antón cantó en sueños un prefacio completo.

Tras pasar casi cuatro meses de vida carcelaria, fue juzgado por un falso tribunal popular a finales de noviembre. A él se le condenó sólo por ser religioso. Se entristeció cuando su nombre no costaba en la primera lista del día 28.

Su nombre estaba incluido en una de las “sacas” de la muerte y fue llamado a primeras horas de la mañana, llamada que él recibió como la gran noticia. Se le despojó de todo y se le ataron las manos a la espalda. Pasaron varias horas en esta situación que el padre Juan Monedero aprovechó para animar a todos con gran tranquilidad y alegría.

Tras largas horas de espera se le condujo el 30 de noviembre, a Paracuellos del Jarama, a él con otros 50 agustinos, donde fueron ejecutados, dando muestras de gran fortaleza cristiana en el trayecto y en el mismo lugar, pues los mismos verdugos quedaban admirados del ánimo que demostraban.