Zarco Cuevas, Julián

P. Julián Zarco Cuevas

P. Julián Zarco Cuevas

Nació en Cuenca el 27 de julio de 1887. Su padre, guardia civil de profesión, se llamaba Gervasio, natural de Mota del Cuervo, y su madre, que se llamaba Convertida, era natural de Belmonte. Fue bautizado el 30 de julio en Cuenca. Hizo los estudios primarios en Mota del Cuervo. Estudió latín y humanidades con los padres franciscanos de Belmonte (Cuenca), Almagro (Ciudad Real) y Fuente del Maestre (Badajoz).

Hizo el noviciado en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde profesó de votos simples el 8 de enero de 1905, y de votos solemnes el 9 del mismo mes de 1908. En el mismo Monasterio cursó los estudios de filosofía y teología y en él permaneció toda su vida de religioso. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1911, cantando su primera misa en la basílica el 27 de agosto.

Terminada la carrera eclesiástica fue nombrado ayudante de la Biblioteca Real. El 24 de agosto de 1930 fue nombrado primer bibliotecario de la Real Biblioteca de El Escorial. Juntamente con su tarea de bibliotecario fue profesor de los jóvenes agustinos que se preparaban para el sacerdocio. Fue una vida dedicada al estudio y la vida religiosa, de lo cual siempre se sintió orgulloso, de modo especial en los momentos difíciles de la vida y de la persecución religiosa.

La Real Academia de la Historia le nombró correspondiente el 5 de enero de 1923, le concedió el premio al Talento en marzo de 1928, y el 27 de diciembre de 1929 le eligió académico de número.

Los sucesos del mes de julio le sorprendieron en el Monasterio. El padre Julián Zarco fue detenido con toda comunidad el 6 de agosto y encarcelado en la prisión de San Antón.

Al ingresar en los calabozos de la Dirección General de Seguridad y ante el tribunal, que le juzgó en la prisión de San Antón, recalcó su condición de religioso agustino de El Escorial, por encima de todos los demás títulos académicos y de letras.

Él con el padre Arturo García de la Fuente daban conferencias de historia amena y patriótica, y los compañeros de prisión no se cansaban de oír al padre Zarco. Reprendido por los milicianos, debido a que había mucha gente en torno suyo, por su don especial de gentes, contestaba que él no llamaba a nadie. Se hicieron gestiones para librarle y él las estorbó, pues se había comprometido con otros padres graves a no abandonar la cárcel, mientras no salieran los más jóvenes.

Fue juzgado como todos los demás religiosos a finales de noviembre, por un tribunal del pueblo en la misma prisión. Hizo una brillante apología de todos sus trabajos académicos, pero encima de todo recalcó su condición de religioso agustino. Por esto se le condenó a muerte.

El último día del mes su nombre estaba incluido en una larga lista de los que fueron llamados antes del amanecer. Se le despojó de todos los efectos personales, incluidas las gafas, que él reclamó porque no veía. Por toda respuesta se le dijo: “Pa lo que van a servir; no te van a hacer falta más”. Le ataron las manos a la espalda. Pasó largas horas de espera en el zaguán. A media mañana se le condujo con otros 50 agustinos a Paracuellos del Jarama. Fueron asesinados todos el 30 de noviembre de 1936. Como grupo, según los testigos dieron pruebas de gran fortaleza moral y fe religiosa.