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Evangelizar la cultura

Fue éste el motivo que llevó al Sínodo sobre la Vida Religiosa a exhortar insistentemente a las personas consagradas a que asuman con renovada entrega la misión educativa, allí donde sea posible, con escuelas de todo tipo y nivel, con Universidades e Institutos Superiores. Haciendo mía la indicación sinodal, invito a todos los miembros de los Institutos que se dedican a la educación a que sean fieles a su carisma originario y a sus tradiciones, conscientes de que el amor preferencial por los pobres tiene una singular aplicación en la elección de los medios adecuados para liberar a los hombres de esa grave miseria que es la falta de formación cultural y religiosa (Vita Consecrata, págs. 179-80).

Ahora que las vocaciones religiosas son muy escasas en Europa y que los que estamos aquí somos cada vez menos y más viejos, puede asaltarnos fácilmente la tentación de abandonar los tradicionales campos de trabajo y dedicar todas nuestras fuerzas vivas a la evangelización del Tercer Mundo, puesto que allí es más fácil obtener nuevas vocaciones.

Yo sí creo que es urgente impulsar y ampliar la pastoral vocacional y que es razonable buscar las vocaciones preferentemente allí donde es más probable conseguirlas, pero también creo que sería un gravísimo error abandonar la pastoral de la enseñanza y del estudio aquí en España.

La pastoral de la enseñanza en España es hoy mucho más difícil que en tiempos anteriores, pero también es mucho más necesaria. Hoy día nuestros alumnos llegan a la escuela anémicos de cultura evangélica. Las familias jóvenes, en España, ya no educan religiosamente a sus niños, y si no les educamos religiosamente en los colegios, no van a recibir nunca educación religiosa alguna. Serán personas mayores sin cultura religiosa y, por supuesto, sin práctica religiosa.

Educar religiosamente a unos jóvenes que viven en una sociedad secularizada y de un nivel cultural relativamente alto es tan dificil como necesario. Porque no podemos admitir que sólo es posible evangelizar a personas ya religiosas o con poca cultura. Eso equivaldría a reconocer que nuestra religión no tiene una racionalidad socialmente aceptable. Si estamos convencidos de la bondad y congruencia racional de nuestra religión, no tendremos inconveniente en predicarla a personas cultas, aunque sean personas secularizadas. Porque en ningún caso pretendernos engañar a personas ignorantes, sino persuadir racionalmente y convertir moralmente a personas que viven en nuestra sociedad y con una cultura semejante a la nuestra.

Tenemos la obligación de hacer una Iglesia intelectualmente habitable, en la que cultura y religión no sean antagónicas, sino complementarias. Para esto, el diálogo fe-cultura debe ser un diálogo entre iguales, respetuoso y cooperativo. Ni la cultura ni la religión deben subestimarse mutuamente, ni, mucho menos, avasallarse. Queremos una religión culta y una cultura evangelizada.

No podernos abandonar Europa, como el que abandona un barco que se hunde. Tenemos derecho a esparcir la semilla evangélica en otros campos mejor abonados religiosamente, donde haya esperanza de recoger más abundantes frutos, pero no podemos dejar a la deriva este barco europeo, en el que hemos nacido, precisamente ahora que navega, desde el punto de vista religioso, en aguas procelosas y difíciles.

El difícil gobierno religioso de este barco exige pilotos culturalmente competentes y religiosamente comprometidos. Por eso, descendiendo a nuestro caso concreto, es urgente y necesario que los jóvenes religiosos de nuestra Provincia y también los laicos que colaboran con nosotros, sean personas cultas y religiosamente profundos. Que se sientan capaces de entender la cultura en la que viven y de evangelizarla.

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