Alabanza

Grande eres, Señor,
y digno de toda alabanza.
Grande tu poder.
y tu Sabiduría no tiene fronteras.

Y ¿pretende alabarte el hombre,
pequeña parte de tu creación;
precisamente el hombre,
revestido de caducidad,
que lleva en sí el testimonio de su pecado,
y el testimonio
de que resistes a los soberbios?

Con todo, ¡quiere alabarte el hombre.
pequeña parte de tu creación!
Tú mismo le impulsas a hacerlo,
haciendo que se goce en alabarte
porque nos has hecho para ti,
y nuestro corazón está inquieto
hasta que descanse en ti.

Dame, Señor,
conocer y entender qué es primero:
si invocarte o alabarte,
o si es antes conocerte que invocarte.

Pero, ¿quién podrá invocarte,
sin antes conocerte?
ya que, desconociéndote,
invocará, quizá, una cosa por otra.

Por el contrario,
¿no habrás de ser invocado,
para ser conocido?
Y ¿cómo invocarán a Aquel
en quien no han creído?
Y ¿cómo creerán si no se les predica?

Ciertamente,
alabarán al Señor los que le buscan;
porque quienes le buscan, lo encuentran
y los que lo encuentran, le alabarán.

Haz, Señor, que yo te busque invocándote,
y te invoque creyendo en ti,
pues me has sido ya anunciado.
Te invoca, Señor, mi fe,
la fe que tú me diste e inspiraste
por la humanidad de tu Hijo
y el ministerio de tu predicador. Amén.

SAN AGUSTÍN, Confesiones I,1,1