Alegría tras la dificultad

¡Dios Bueno!,
¿Qué le ocurre al hombre
para que encuentre más gozo
en la recuperación de un alma desahuciada,
o salvada, al fin, de un gran peligro,
que si siempre hubiera ofrecido esperanzas,
o no hubiera sido tan grave el peligro?

También tú, Padre misericordioso,
te gozas más de un penitente
que de noventa y nueve justos,
que no necesitan penitencia.
Y es que tú te gozas en nosotros
y en tus ángeles, santos por la santa caridad,
pues tú eres siempre el mismo,
porque conoces del mismo modo y siempre
las cosas que no son siempre ni del mismo modo.

Pero ¿qué ocurre en el alma
para que ésta se alegre más
con las cosas encontradas, o recobradas, y que ella aprecia,
que si siempre las hubiera poseído?

Triunfa victorioso el emperador,
y no venciera, si no peleara.
Mas cuanto mayor fue el peligro de la batalla,
tanto mayor es el gozo del triunfo.

Combate una tempestad a los navegantes,
y amenaza tragarlos;
y todos palidecen en el umbral de la muerte.
Serénanse el cielo y el mar,
y alégranse sobremanera,
porque temieron sobremanera.

Enferma una persona amiga,
y su pulso anuncia algo fatal;
y todos aquellos que la quieren sana,
enferman con ella en el alma.
Sale del peligro,
y, aún antes de recuperarse totalmente,
hay ya tal alegría entre ellos
como no la hubo antes,
cuando andaba sana y fuerte.

Aún en la comida y la bebida
faltaría el placer,
si no precediera la molestia
del hambre y de la sed.
¿Qué es esto, Señor, Dios mío?

¿A qué se debe
que, siendo tú gozo eterno de ti mismo,
y gozando siempre de ti algunas criaturas
que se hallan junto a ti,
este nivel de realidades
se halle sometido a alternativas
de adelantos y retrocesos,
de uniones y separaciones?

¿Es éste, acaso, su modo de ser,
y lo único que le concediste,
cuando, desde lo más alto de los cielos
hasta lo más profundo de la tierra,
desde el primer movimiento hasta el postrero,
ordenaste todos los géneros de bienes,
y todas tus obras justas,
cada una en su propio lugar y tiempo?

Ea, Señor, toma a tu cargo nuestra causa:
despiértanos e insiste en tú llamada:
sedúcenos y enciéndenos:
derrama hacia nosotros tus fragancias
y dulzuras.
¡Amemos, corramos! Amén.

SAN AGUSTÍN, Confesiones 8, 3, 6-4, 9