Ser agustino…

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– Es seguir a Jesucristo

“La norma fundamental de la vida religiosa es el seguimiento a Cristo, que nos impulsa al amor según nuestra personal consagración” (Const II, 17).

– Es ser heredero de san Agustín

“Nuestra Orden reconoce a San Agustín desde sus inicios como padre, maestro y guía espiritual, ya que de él recibe su Regla, nombre, doctrina y espiritualidad” (Const. I,2).

– Es vivir buscando a Dios

“Nuestra principal dedicación común es buscar a Dios sin límites, ya que sin límites debe ser amado” (Const. II 22).

– Es tener el corazón inquieto

“Consciente o inconscientemente, tendemos de modo continuo e insaciable a Dios para gozar del bien infinito con que se sacie nuestro deseo de felicidad, porque nos hizo para Él y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Él “ (Const. II, 22).

– Es vivir la vida en comunidad

“La comunidad es el eje en torno al cual gira la vida religiosa agustiniana: comunidad de hermanos que viven unánimes en la casa, teniendo una sola alma y un solo corazón, buscando juntos a Dios y dispuestos a servir a la Iglesia.” (Const. II, 26).

– Es vivir como hermano y amigo

“El fin de la Orden consiste en que, unidos concordemente en fraternidad y amistad espiritual, busquemos y honremos a Dios, y trabajemos al servicio de su pueblo” (Const I, 13).

– Es trabajar por el bien común

“Es necesario entregarse diligentemente al trabajo, tanto manual como intelectual, para el bien de la comunidad” (Const. I, 14f).

– Es transmitir a Dios

“Mediante la vida y el trabajo comunicamos a otros lo que Dios se ha dignado obrar en nosotros y en nuestra comunidad” (Const. II, 38).

– Es amar y servir a la Iglesia

“Siguiendo las huellas de san Agustín, el amor a la Iglesia nos lleva a mostrarle una total disponibilidad para socorrerla en sus necesidades, aceptando con prontitud las tareas que nos pide, según el carisma de la Orden” (Const II, 35)

– Es seguir el camino de la interioridad

“A través del camino de la interioridad se adquiere el conocimiento y el amor de Dios y del Él nos hacemos partícipes. Es, por tanto, necesario que nos volvamos siempre a nosotros mismos y, entrando en nuestro interior, pongamos todo el esfuerzo en perfeccionar el corazón para que, orando con deseo ininterrumpido, lleguemos a Dios” (Const. II, 23).

– Es vivir abierto al mundo

“Estando abiertos al mundo nos sentimos solidarios con toda la familia humana e implicados en sus avatares, atentos sobre todo a las necesidades de los más pobres y de los que padecen gravísimos males” (Const. II, 35).

– Es vivir consagrado a Dios

“Para lograr lo que nos proponemos, es necesario poner siempre en primer lugar la consagración a Dios por medio de los votos religiosos, de donde proceden, como de su fuente, la vida común y la actividad apostólica” (Const. I, 14 a).

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