Alcance evangelizador de la vida comunitaria

El matrimonio persona – comunidad

El divorcio entre la fe y la vida es uno de los problemas más serios de nuestro tiempo. Paralelamente, el divorcio entre persona y comunidad es el gran problema de la vida religiosa y el gran escándalo de la vida religiosa agustiniana.

El matrimonio persona-comunidad es nuestra tarea, nuestro desafío. Hay matrimonios serios: la persona y la comunidad viven felices, en armonía, con una dosis normal de dificultades. También hay matrimonios que viven en conflicto permanente: La comunidad es una palabra vacía, una referencia lejana. Y hay matrimonios que han llegado a la separación: Por un lado mis intereses, hasta mi economía… por otro la comunidad y sus cosas, sus horarios. Cuando persona y comunidad no forman matrimonio, el paso siguiente no es la separación ni el divorcio, sino la anulación. Anulación de la vida religiosa. Ser agustino significa una sensibilidad especial, una pasión por la comunidad.

San Agustín afirma que «no es la comunidad la que hace las personas, sino las personas las que hacen a la comunidad» (Comentarios los Salmos 106,3). Esta afirmación indiscutible, no empaña de ningún modo el valor agustiniano de la comunidad. Las personas, ciertamente, hacen la comunidad pero la persona se construye desde los demás. Fernández Martos, habla de los proto-deseos: «Vivir incluido y vivir a mi aire». Inclusión o pertenencia y autonomía o libertad. Hablar de estar acompañado, ser acogido, pertenecer a… nos lleva a pensar en una atmósfera cálida y protectora. Atmósfera que, cuando asfixia y ahoga, nos lleva a pensar en independencia, libertad. Cuando ambos deseos aparecen como contradictorios, el conflicto es inevitable.

Se trata de un ejercicio de equilibrio, de un tránsito permanente de una a otra realidad, de una doble e indispensable fidelidad, de una síntesis que abarque la libertad individual y la pertenencia comunitaria. Particularmente, si hablamos de la vida religiosa agustiniana. Nadie puede huir de sí mismo, olvidarse de sí mismo, pensando que el ideal es el fundido entre persona y comunidad. Tampoco se puede pensar en la comunidad como una gran carpa de protección o una aseguradora de cobertura casi ilimitada.

El valor testimonial y evangelizador de la vida comunitaria está hoy, no sólo en el «mirad cómo se aman», sino en el «mirad cómo nos aman». No podemos crear ninguna isla artificial, somos seres humanos que respiramos el mismo aire que los demás. Cuando comenzamos a distanciarnos, cuando no vivimos la comunión y la solidaridad con nuestro tiempo y su mundo, difícilmente podremos establecer el sentimiento de pertenencia, la comunión de puertas adentro.

La relación persona-comunidad recuerda la dialéctica personalidad y eclesialidad de la fe. Hablar de comunidad o de eclesialidad despierta cierto desasosiego en algunos. Hace pensar, en seguida, en tutela dogmática, limitación de libertades o andadores magisteriales. Del mismo modo que se plantea si la Iglesia es impedimento o ayuda para la fe, se cuestiona si la comunidad ayuda a crecer o, por el contrario, favorece la inmadurez.

Términos como participación o diálogo todavía son vistos en la Iglesia con ojos de sospecha. Como si fueran concesiones innecesarias u oportunistas. Hasta algunos piensan que la vida religiosa ha comenzado a erosionarse desde que se han multiplicado las reuniones y comisiones. Reuniones y comisiones que subrayan el acento comunitario de nuestra vida y que traducen, aunque a veces de modo torpe, la presencia del Espíritu en todos los bautizados. Todos somos espirituales, escribe San Pablo a los Gálatas (6,1). Por el bautismo, a todos se nos han iluminado los ojos del corazón (Ef 1,18).

Algunas claves de interpretación del matrimonio persona – comunidad

Para San Agustín, un referente fundamental es la amistad. Su experiencia como amigo la traslada a la vida monástica. En un tiempo pasado, algunos sugirieron, a partir de una lectura sesgada de San Agustín, la formación de comunidades naturales y, por lo tanto, selectivas, excluyentes. No es éste el modelo agustiniano y carece, desde luego, de todo valor testimonial. La idea de San Agustín es incorporar a las relaciones interpersonales, dentro de la vida religiosa, el estilo de la amistad. Con sus perfiles de confianza, de gratuidad, de disponibilidad, de escucha, de aceptación mutua, de sacrificio…

También se califica o define la comunidad religiosa como una familia. Habría que bajar al suelo esta referencia. Una familia, sí, pero no una familia idealizada, sino real. El inmenso y rico caudal de la familia presenta cantidades inconmensurables de cariño, de alegría y de ternura, que se entremezclan con problemas, fracasos, sacrificios… En la familia todo es libertad y todo es dependencia activa, que significa estar pendiente de.

La comunidad religiosa no es una familia y tampoco un grupo de amigos. Es una realidad sólo inteligible desde la clave teológica de un Dios-Trinidad. Realidad que, en su contextura humana, debe incorporar los elementos más humanizadores de la amistad y de la vida familiar.

Dificultades

La vida común puede tropezar con el individualismo o con la acción que dificulta el encuentro. «Es convicción general, especialmente para las comunidades religiosas dedicadas a las obras de apostolado, que resulta difícil encontrar, en la práctica cotidiana, el justo equilibrio entre comunidad y tarea apostólica . Si es peligroso contraponer las dos dimensiones, no es, sin embargo, fácil armonizarlas. También ésta es una de las fecundas tensiones de la vida religiosa, que tiene la misión de hacer crecer al mismo tiempo al discípulo, que debe vivir con Jesús y con el grupo de los que le siguen, como al apóstol, que debe participar en la misión del Señor» (La vida fraterna en comunidad, 59).

Este sugerente documento habla de justo equilibrio y de cómo la tensión entre vida común y vida apostólica tiene que ser un elemento de crecimiento, nunca de distorsión. En el contexto de la vida religiosa agustiniana los dos elementos son fundamentales y no se contraponen. El servicio a la Iglesia pasa por el pensamiento, servicio a la comunidad y el servicio a la comunidad ya es un servicio a la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II, en noviembre 1992, decía a la Asamblea Plenaria de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica: «Toda la fecundidad de la vida religiosa, depende de la calidad de la vida fraterna en común. Más aún, la renovación actual en la Iglesia y en la vida religiosa se caracteriza por una búsqueda de comunión y de comunidad. Por ello, la vida religiosa será tanto más significativa cuanto más logre construir ‘comunidades fraternas en Cristo, en las que, por encima de todo, se busque y se ame a Dios’ (c.619), por el contrario, perderá su razón de ser si olvida esta dimensión del amor cristiano, que es la construcción de una ‘pequeña familia de Dios’ con los que han recibido la misma llamada» (Alocución a la Plenaria de la CIVCSVA, 21 de noviembre de 1992).

Si hay algo que crea fisuras y termina por abrir abismos en la vida común, es la administración egoísta de los bienes materiales o espirituales. Se produce un debilitamiento progresivo de la fraternidad y un desconocimiento mutuo cada vez mayor. El hermano es un extraño y la relación es anónima, superficial.

Importante es la comunicación de los bienes materiales y también de los espirituales. Son más llamativos los primeros casos pero sería grave que, por una cierta insensibilidad o por haber situado nuestras relaciones en un nivel muy superficial, no valorásemos la comunicación de bienes espirituales. Las consecuencias pueden ser dolorosas, porque la experiencia religiosa adquiere, insensiblemente, connotaciones individualistas. Y aquí hay que notar una reconocida falta de ejercicio en la comunicación de la propia experiencia espiritual. Porque la comunicación implica dificultades psicológicas y es, a veces, ocasión para subrayar diferencias de pensamiento, preferimos excluir las ocasiones de revisión de vida, de comentar alrededor de la misma mesa la Palabra de Dios… Las consecuencias son el clima interno, nada más que templado, y la merma de irradiación evangélica de nuestras comunidades.

Pistas para ser modelos de fraternidad evangelizadores

¿Qué rasgos darían hoy a nuestras comunidades un mayor carácter evangelizador? ¿Qué deberían reflejar nuestras comunidades? ¿Cuál debería ser la calidad de la vida fraterna? Primero, significarnos como modelos de fraternidad. Fraternidad interna por el empeño de seguir a Jesucristo en comunidad de hermanos, y fraternidad externa que significa una especial sensibilidad por todo lo humano. A partir de este presupuesto básico, subrayar algunas características concretas.

Por ejemplo:

Comunidades abiertas, que viven, celebran y comprometen su fe en la historia de nuestros días. Ser fiel a nuestro sello agustiniano y a la necesaria inserción territorial –en la Iglesia local y en las culturas particulares– no son tareas alternativas ni excluyentes, sino complementarias e imperativas. Abiertas porque, empapadas por lo que José María Rovira llama una sana teología de la humanización (Sociedad y reino de Dios, PPC, Madrid, p. 164), se conjugan lo profético y lo pragmático, y se abre la mano dialogante y misionera a todos los hombres de buena voluntad.

Por ser abiertas, lugares de comunión con la Iglesia Apostólica y con las Iglesia de los pobres, que siempre están con nosotros. Y que al cruzar la puerta de nuestras casas, se perciba que son ámbito de oración, de proclamación y escucha de la Palabra de Dios, de celebración eucarística, de lectura evangélica de la vida.

Comunidades samaritanas que derraman sus entrañas de misericordia y de compasión en la solidaridad con los más débiles. El servicio a los necesitados –los pobres que carecen de medios o de razones para vivir– es la manera segura de que funcione el circuito evangélico de la comunicación del amor. Ayudando a que las personas vivan, esperen, amen, recen…Compartiendo, a veces, esa pincelada trágica de la existencia que es aceptar confiadamente que muchos problemas carecen de solución humana.

La oración en común, la fe compartida, la actuación sencilla y servicial en el entorno próximo, la esperanza que impide cualquier pesimismo, nuestra experiencia de Jesús y del Padre, constituye el potencial evangelizador de la vida común.

Santiago Insunza, OSA