Compromiso con la cultura como signo de encarnacion

Simplemente por acotar el significado del término cultura, habría que ceñirlo a dos de sus posibles acepciones. La cultura que expresa el alma de los pueblos, de las gentes, y está presente en el humus de lo cotidiano, y la cultura que es ilustración, conocimientos, búsqueda y acercamiento a la verdad.

Es justo reivindicar para los agustinos un lugar cualificado en esa plataforma de diálogo entre la fe y la cultura. La cuestión es si estamos dispuestos a pasar hojas sólo para atrás o lo hacemos también para adelante.

La confrontación fe-cultura despierta el conflicto por actitudes cerradas de una y otra parte. A la fe se le niega la capacidad de generar cultura y hasta se quieren vetar, por lo menos ignorar, las aportaciones del cristianismo a la cultura actual. La Iglesia, por otra parte, pretende, algunas veces, un cierto monopolio en la aportación de soluciones para los problemas de nuestro tiempo y adopta posturas excluyentes.

Dentro del mundo eclesiástico, muchas personas se sienten afectadas por el «malestar de la cultura». Un estado de ánimo que se podría equiparar a la incomodidad de quien se siente obligado a vestir un traje que no es de su talla y que provoca una nostalgia, recurrente, del pasado. Del pasado inmediato, y por tanto vivido, o de un pasado más lejano. Es evidente que si miramos atrás, no vemos lo que tenemos delante. Hasta la lucha contra la injusticia, la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de caminos para la paz o la actividad ecológica –que pueden constituir una preparación para recibir el Evangelio y pueden ayudar a entender los contenidos de la fe– se miran con desconfianza.

El fenómeno no es nuevo y en toda época ha habido grupos que han huido del presente. Algo que va contra la ley fundamental del cristianismo que es la encarnación, la fidelidad al hoy. El pecado contra la cultura y contra la historia, es un pecado olvidado. Se peca contra la historia y contra la cultura –que es la destilación humana de la historia– y contra Dios que está siempre con nosotros, cuando se vuelve la espalda a lo que configura la actualidad o se minusvaloran los signos de los tiempos.

Si desde ambientes eclesiásticos se ha despreciado todo lo que signifique modernidad, hasta la misma palabra, no tiene que extrañarnos que en algunos ambientes culturales o seudoculturales contemporáneos se defina el cristianismo como prehistoria, arcaísmo, predemocracia o antidemocracia. El resultado es una situación espiritualmente alterada.

Por no valorar la cultura-conocimiento bíblico, patrístico… la pastoral se ha encauzado por caminos tan fáciles como perentorios y el lenguaje religioso se ha devaluado en homilías, charlas, declaraciones públicas…

El pueblo católico español ignora el Evangelio, padece de anemia cultural religiosa. Ignorancia y anemia que pueden llegar muy lejos. Las catequesis parroquiales acogen, únicamente, a un grupo reducido de niños, muchos menos jóvenes, y es difícil encontrar en las parroquias una catequesis de adultos. Tampoco es fácil que las parroquias tengan un programa serio y sistemático de formación en la fe. La catequesis infantil es efímera, la pastoral juvenil pasa por horas de perplejidad, la pastoral universitaria continúa sin encontrar su puesto y la pastoral de adultos sólo es, en muchos casos, un sueño.

Apuntado todo esto, ¿qué iniciativas se proponen para terminar con la ignorancia de los que aún se consideran creyentes? Y ¿qué se está haciendo para concretar esa nueva evangelización a la que el Papa convoca con insistencia?

El legado pagano-religioso que nos hemos ido pasando de unos a otros acríticamente en el transcurso de la historia, ha hecho que el hombre moderno no sienta gusto por la teología. Le agrada más la «nebulosa esotérica», los catálogos de pueblos con apariciones, la singularidad de los mensajes de los distintos lugares.

Ciencia, cultura y fe pueden darse la mano, si se parte de un profundo respeto y se abren caminos de diálogo para escuchar, clasificar y valorar las voces tan distintas que hoy se escuchan. Sería algo así como la búsqueda en común de las «mejores razones» (Habermas) que nos ayuden a vivir una existencia plenamente humana.

Ciencia, cultura y fe están llamadas a alimentar al ser humano para ayudarle a crecer en todas sus dimensiones. Quizá uno de los testimonios ejemplares de San Agustín para nuestros días sea pensar la fe, armarla intelectualmente. Al mismo tiempo, presentar la fe con la inteligencia y el corazón al hombre contemporáneo, que es imagen y sacramento de Dios, y a este mundo nuestro que es tiempo de Dios. No hay ninguna etapa histórica anatematizada por Dios. Servir a la cultura desde la fe, es servir a la causa del Reino porque supone confianza en lo humano y en el futuro. La salvación no se encuentra en el comienzo, es más bien una promesa para el fin de la historia. De este modo, el pensamiento bíblico termina con el fatalismo del eterno retorno de lo igual. «Circuitus illi explosi sunt», escribe triunfalmente San Agustín en La Ciudad de Dios (1.12, c. 20, n. 3: PL 41,371).

Santiago Insunza, OSA