Comunidad agustiniana y el apostolado

Recogemos algunos apartados más interesantes de este Mensaje del P. Teodoro Tack durante su generalato. A pesar del tiempo transcurrido, muchas de sus afirmaciones siguen siendo de gran actualidad y pueden servir para iluminar, aún hoy, la vida de nuestras comunidades.

El carisma agustiniano: unidad en la caridad mediante la comunidad.

Lo que constituye esta herencia, este carisma particular agustiniano, ha sido objeto de una particular atención durante estos últimos años, especialmente a partir de la renovación de nuestras Constituciones. No os digo nada nuevo si os lo describo como una marcada insistencia en la genuina vida de comunidad hasta el punto de que las almas y los corazones de muchos que viven juntos se fundan en uno por la caridad y se centren hacia Dios. Según la Regla de vida de N. P. Agustín éste es el fin primario por el que se han reunido los hermanos. De hecho, hasta se podría afirmar que es el único fin de habernos reunido en comunidad, y que todo lo demás no es sino consecuencia de haber comprendido lo que significa ser ” un alma sola y un solo corazón hacia Dios”( cfr. Regla, cap. 1). Esto constituye también el tipo genuino de vida de comunidad, o fraternidad cristiana, que refleja el deseo de Cristo mismo para su Iglesia: “Que todos sean uno … como tú; Padre, en mí y yo en ti” ( Jn 17, 21). Como esta genuina unión de corazones y mentes en la caridad no es para S. Agustín ninguna utopía, no es de extrañar que encontremos una verdadera amistad humana y espiritual como elemento básico en la concepción agustiniana de la vida de comunidad y en su énfasis de la misma.

Esta “unidad en la caridad” es el verdadero corazón de la comunidad agustiniana y constituye sin duda el signo fundamental del valor de nuestra fraternidad evangélica a los ojos del mundo. Cuando esta “unidad en la caridad” se hace realidad, nuestras comunidades se convierten en un signo manifiesto de la unidad de la Iglesia, en un signo de la posibilidad de realización aquí en la tierra de la verdadera hermandad humana, así como también en un signo del poder de la gracia de Cristo, que solamente puede vencer por completo los obstáculos que se oponen a tal unidad.

En el primer comentario oficial de la Regla adoptado por la Orden se dice lo siguiente: ” Dios mira más a la unidad de corazones que a la unidad del lugar” (cfr. Const. n. 27). Podemos estar bien seguros de que hoy día el laicado a quien servimos, aun cuando carezca del don de leer en los corazones, se espera esta mismísima unidad. Y no les resulta difícil decir si nuestra vida de comunidad es lo que debiera ser, o si más bien es una contradicción viviente del ideal evangélico, es decir, si vivimos o no en verdadera amistad fraterna, o si nos separa una voluntad diversa, por más que vivamos bajo un mismo techo ( cfr. ibid.). Es preciso que recordemos constantemente este aspecto particular de nuestra vida.

La comunidad agustiniana como apostolado

Este vital nuevo énfasis sobre el valor de la comunidad en sí misma ha de recibir aún un enfoque más directo entre nosotros Agustinos, ya que pone en evidencia un aspecto de nuestra vida que tal vez en el pasado ha sido con harta frecuencia minimizado e incluso gravemente desatendido en muchas de nuestras casas. El aspecto al que me refiero en concreto en éste: el construir la comunidad agustiniana local no es cosa de importancia secundaria. Por el contrario, es el apostolado que antes de cualquier otro tiene que interesarnos a los Agustinos, sin excepción alguna. En otras palabras, la comunidad en sí misma es un apostolado de primer orden, nuestro primer apostolado, hasta el punto de que ninguna comunidad agustiniana será efectivamente apostólica, en cuanto comunidad en relación con los demás, si ante todo no se esfuerza seriamente en poner su familia en orden y en hacerse a sí misma una comunidad cristiana ejemplar, que trate de reflejar el amor de Cristo mediante la unidad en la caridad y en la amistad, de que ya hemos hablado.

¡Y qué gran apostolado es ayudar a nuestros hermanos religiosos a desarrollarse como individuos y como comunidad! Por si lo hubiéramos olvidado, en esto se cifra toda la esencia de la Regla. Mientras que esta importante y todavía moderna forma de vida dejada por S. Agustín en su Regla no contiene una sola palabra acerca de nuestras obligaciones o apostolado para con los que está fuera de la casa religiosa, no hay un solo capítulo que no muestre la enorme preocupación de S. Agustín por los hermanos y que no puntualice cómo pueden y deben progresar en el interés de los unos por los otros. El convivir en mutua armonía, el progreso constante en la caridad preocupándose por los otros más que por sí mismo, la búsqueda de Dios en equipo honrándole los unos en los otros: he aquí los puntos claves de la vida de comunidad de San Agustín. Pero este mutuo crecimiento en la caridad no se realiza sino mediante una mutua y amorosa preocupación del uno por el otro, manifestada ante todo en una sensibilidad y confianza fraterna; en una participación común en la plegaria, en los trabajos y en los bienes materiales, sin tener en cuenta la condición de cada uno cuando estaba en el siglo; en la práctica de la humildad; así como también mediante una cooperación compasiva y comprensiva con el superior a través de una obediencia activa. Llegar a ser ” un solo corazón y un alma sola hacia Dios” es obra que sobrepasa los esfuerzos del individuo. Se consigue sólo mediante el esfuerzo concienzudo de toda la comunidad unida, cuyos miembros, uno por uno, están llamados a ser verdaderos apóstoles con sus propios hermanos antes que con ningún otro.

Un experto agustino, después de un detenido examen de la Regla y de otros escritos de S. Agustín, expone el tema en estos términos:

Para san Agustín, nuestro primer apostolado en el interior de la Iglesia es la realización de la comunidad-amor. Y es éste un apostolado real, en el sentido de que es una de las interpretaciones del mensaje de Cristo… El trabajo de cara al exterior, el apostolado más externo, no puede jamás ir al encuentro de esta inspiración fundamental. En la búsqueda de un alibi nosotros no tenemos nada que ganar. La comunidad no debe necesariamente pedir prestada su significación a algo externo a ella misma. Ella es portadora de su propio sentido ( T. van BAVEL, O.S.A., ” La Espiritualidad de la Regla de San Agustín”, en Augustinus 12/ 1967/ p.447).

Me pregunto si esta idea ha tomado verdaderamente cuerpo en nuestras comunidades. Y me pregunto aun más si estamos de verdad dispuestos a aceptarla ahora como un hecho en nuestra vida agustiniana. Si lo estamos, nuestra renovación está asegurada, por largo que sea el tiempo necesario para realizarla por entero. Pero si aún no estamos enteramente decididos, hemos de rezar y trabajar enérgicamente para hacernos más sensibles a esta nuestra verdadera vocación y para hallarnos más disponibles en las manos del Señor. Porque éste es el verdadero sentido de la vida de comunidad agustiniana, éste es el don específico que nosotros podemos ofrecer a la Iglesia. Este es el modo como nosotros los agustinos podemos causar un impacto en el pueblo de Dios, a cuyo servicio estamos dedicados, desde nuestras comunidades. Este género de comunidad de amor es lo que los hombres quieren ver por doquier como una posibilidad real en este nuestro mundo egoísta. Y el hecho de que nuestras comunidades no vivan sólo para sí mismas, sino que forman parte de una comunidad humana más amplia, que se extiende a todas las Provincias y, sobrepasando las fronteras, a la Orden entera extendida por todo el mundo, es también un símbolo viviente de la fraternidad universal de los hombres en Cristo ( cfr. Const. n. 9).

Individuo y comunidad

Si la edificación de la comunidad de amor en Cristo es el fin de nuestro vivir en comunidad (Cf. Regla, cap. 1) y constituye, por ende nuestro apostolado primario, no resulta ya difícil comprender por qué el individualismo equivale a la muerte de la comunidad, ya que ataca efectivamente a la unidad de los hermanos, anteponiendo el arrogante amor de sí mismo al amor de Dios en los hermanos. San Agustín precave constantemente a sus discípulos contra el peligro de ceder a esta insidiosa tentación tanto en la Regla como en otros escritos ( Cf. Manrique, Teología agustiniana de la vida religiosa, pp. 139-145). Nos recuerda constantemente que : “Sólo pueden vivir juntos en armonía aquellos en quienes la caridad de Cristo está verdaderamente radicada” ( En. in psalm. 132, 12). ” Pues la caridad… se entiende así: que prefiere las cosas comunes a las propias y no las propias a las comunes” (Regla cap. 5). El precio de la unidad es la muerte del individualismo, sí, pero no la muerte del individuo, cuya dignidad intrínseca San Agustín tiene siempre presente ( Regla cap. 1). Lejos de suponer la aniquilación del individuo, la verdadera vida de comunidad ofrece una plenitud de vida y progreso para la persona, que difícilmente puede conseguir en otra parte, pues “recibe mucho más que da, y no solamente no queda ahogada por la comunidad, sino que está constantemente enriquecida por ella” ( Documento del Capítulo General Intermedio de 1974, n. 73; Cons. nn. 30-31). En el plan de vida propuesto por San Agustín no se da absolutamente conflicto entre la persona , el individuo y la comunidad.

La comunidad agustiniana como apóstol

¿Cuál es la misión de la comunidad agustiniana en relación al apostolado externo? Hablo de la misión de la comunidad agustiniana, no del individuo Agustino. Yo creo que se puede afirmar con orgullo que la gran mayoría de los individuos Agustinos han trabajado siempre y en todas partes incansablemente en el apostolado activo. En cambio no me atrevo a afirmar con seguridad lo mismo por lo que se refiere a la comunidad como tal. Lo digo no en plan de crítica, sino para indicar una vez mas que estoy persuadido de que nuestro impacto en el pueblo cristiano que nos rodea podría ser mucho mayor si él nos viera de hecho trabajando más como comunidad. Tiene que poder advertir ante todo y con claridad que nosotros somos una comunidad verdaderamente religiosa y no solamente un grupo de sacerdotes y religiosos de tipo fraternal, que viven bajo un mismo techo, pero nada más. Una de las consecuencias más vistosas de ese apostolado fundamental en relación con nuestro servicio al pueblo de Dios fuera de nuestras comunidades es exactamente aquello que el Documento del Capítulo General Intermedio de 1974 expresa con estas palabras: “Dado que nuestro ideal no es un determinado trabajo, sino un género de vida, nuestras ocupaciones serán de tal forma, que no obstaculicen la vida comunitaria” (n. 72). “Otros valores, como ventajas económicas o eficiencia laboral, de ningún modo se equipararían en importancia a esta consideración”, es decir, a la de dar a la humanidad la “afirmación existencial, encarnada, que demostrará palmariamente la posibilidad de una auténtica comunidad” (ibid. n. 38). Estas ideas debieran hacernos detener un momento para echar una mirada minuciosa y severa sobre nosotros mismos en cuanto comunidad. ¿No nos parecemos a veces a ciertos hombres que en el puesto de trabajo se distinguen por su sentido de entrega y solicitud por sus empleados y por su interés en favor de la promoción de la compañía, mientras que en la familia no muestran estas mismas cualidades, sino que por el contrario se les ve de malhumor, egoístas y aun indiferentes con respecto a lo que les rodea? Si no me equivoco, situaciones como esta, si no se corrigen, son otros tantos pasos seguros hacia la separación, hacia el divorcio. ¿Y acaso no nos parecemos otras veces a ciertos hombres tan sumamente ocupados por sus negocios, que no tienen tiempo para vivir en familia? Una porción de jóvenes se han dejado esclavizar por las drogas; quizá un número mayor de adultos son alcohólicos. Pero hoy día se da también un número siempre creciente de hombres que son “adictos al trabajo”, lo que constituye, como es sabido, un alejarse de la realidad, ¿Existen tales personas entre nosotros? ¿Estamos tan atareados que no tenemos tiempo para nuestra comunidad local? ¿para alguna oración en común? ¿para alguna conversación, lo mismo seria que recreativa? ¿para reunirnos con los religiosos de las comunidades cercanas? Si así sucediera, entonces podríamos decir que ” la cola mueve al perro” y “el trabajo dirige la vida”: Lo que equivaldría a decir que por mucho que creamos estar haciendo por los demás, estamos descuidando a quienes tienen derecho en primer lugar de nuestros cuidados: a nuestra propia familia religiosa.

 


 

(1) TACK, T. , La comunidad agustiniana y el Apostolado. Mensaje del Padre General sobre el valor prioritario de nuestra vida de comunidad, Abril 1975.