Comunidad religiosa, lugar donde se llega a ser hermanos

Recogemos algunos párrafos más significativos del documento “Congregavit nos in unum Christi amor” de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, 1994. Nos detenemos en la segunda parte del documento, titulada: La comunidad religiosa, lugar donde se llega a ser hermanos (nn. 11-57)

La tarea de construir fraternidades

11. Del don de la comunión proviene la tarea de la construcción de la fraternidad, es decir, de llegar a ser hermanos y hermanas en una determinada comunidad en la que han sido llamados a vivir juntos.

También en nuestro tiempo y para nuestro tiempo, es necesario reemprender esta obra “divino-humana” de formar comunidades de hermanos, teniendo en cuenta las condiciones propias de estos años.

Queremos ofrecer algunas indicaciones útiles para alentar el proceso de una continua renovación evangélica de las comunidades, partiendo de situaciones concretas.

ESPIRITUALIDAD Y ORACIÓN COMÚN

La comunidad, realidad teologal

12. Toda auténtica comunidad cristiana, en su componente místico primario, aparece “en sí misma como una realidad teologal objeto de contemplación”. De ahí que la comunidad religiosa sea ante todo un misterio, que ha de ser contemplado y acogido con un corazón lleno de reconocimiento, en una límpida dimensión de fe.

Si se olvida

Cuando se olvida esta dimensión mística y teologal, que la pone en contacto con el misterio de la comunión divina presente y comunicada a la comunidad, se llega irremediablemente a perder también las razones profundas para “hacer comunidad”, para la construcción paciente de la vida fraterna. Ésta, a veces, puede parecer superior a las fuerzas humanas y antojarse como un inútil derroche de energías, sobre todo en personas intensamente comprometidas en la acción y condicionadas por una cultura activista e individualista.

El mismo Cristo, que los ha llamado, convoca cada día a sus hermanos y hermanas para conversar con ellos y para unirlos a sí y entre ellos en la eucaristía, para convertirlos progresivamente en su Cuerpo vivo y visible, animado por el Espíritu, en camino hacia el Padre.

Tener tiempo para orar

13. La comunidad religiosa como una respuesta a la invitación apremiante del Señor “velad y orad” (Lc 21, 36), debe ser vigilante y tomar el tiempo necesario para cuidar la calidad de su vida. A veces la jornada de los religiosos y religiosas que “no tienen tiempo“, corre el riesgo de ser demasiado afanosa y ansiosa, y por lo mismo puede terminar por cansar y agotar. En efecto, la comunidad religiosa está ritmada por un horario para dar determinados tiempos a la oración, y especialmente para que se pueda aprender a dar tiempo a Dios (vacare Deo).

La oración hay que entenderla también como tiempo para estar con el Señor para que pueda orar en nosotros, y entre las distracciones y las fatigas pueda invadir la vida, confortarla y guiarla, para que, al fin, toda la existencia pueda realmente pertenecerle.

Oración litúrgica. Eucaristía

14. Una de las adquisiciones más valiosa de estos decenios, reconocida y estimada por todos ha sido el redescubrimiento de la oración litúrgica por parte de las familias religiosas.

La celebración en común de la Liturgia de la Horas , o al menos de alguna de ellas, ha revitalizado la oración de no pocas comunidades, que han alcanzado un contacto más vivo con la Palabra de Dios y con la oración de la Iglesia.

En nadie, por tanto, puede debilitarse la convicción de que la comunidad se construye a partir de la Liturgia, sobre todo de la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos. Hay que tener la preocupación de adquirir una conciencia, cada vez más profunda, del gran don de la Eucaristía, y de colocar en el centro de la vida el sagrado Misterio del Cuerpo y de la Sangre del Señor, vivo y presente en la comunidad para sostenerla y animarla en su camino hacia el Padre.

Efectivamente, es en torno a la Eucaristía celebrada o adorada, “vértice y fuente” de toda la actividad de la Iglesia donde se construye la comunión de los espíritus, premisa para todo crecimiento en la fraternidad. “De aquí debe partir toda forma de educación para el espíritu comunitario” (PO 6).

Oración: fidelidad y perseverancia

La oración en común alcanza toda su eficacia cuando está íntimamente unida a la oración personal (15). La oración en común se ha enriquecido en estos últimos años con diversas formas de expresión y participación. Especialmente fructuosa para muchas comunidades ha sido la participación en la Lectio divina y en las reflexiones sobre la Palabra de Dios, así como la comunicación de las experiencias personales de fe y de las preocupaciones apostólicas (16). La oración en común, que reclama fidelidad al horario, exige también y sobre todo perseverancia. La fidelidad y la perseverancia ayudarán también a superar de forma creativa y prudente las dificultades propias de algunas comunidades, como la diversidad de tareas y, por tanto, de horarios, la sobrecarga absorbente de trabajo y las diversas formas de cansancio (17). La oración a la Bienaventurada Virgen María, animada por el amor hacia ella, que nos conduce a imitarla, hace que su presencia ejemplar y maternal sea una gran ayuda en la fidelidad diaria a la oración (18). También el impulso apostólico es sostenido y alimentado por la oración común (19).

Responder al reto

En un momento como el nuestro en que se asiste a un cierto despertar de la búsqueda de la trascendencia, las comunidades religiosas pueden llegar a ser lugares privilegiados donde se experimente los caminos que conducen a Dios .

Las personas consagradas a Dios ¿dejarán de asistir a esta cita con la historia, no respondiendo a la “búsqueda de Dios” que sienten nuestros contemporáneos, induciéndoles, acaso , a buscar en otra parte, por caminos equivocados, cómo saciar su hambre de absoluto? (20).

LIBERTAD PERSONAL Y CONSTRUCCIÓN DE LA FRATERNIDAD

Cristo, modelo de unidad

21. “Llevad los unos las cargas de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo” (Gál 6,2).

En toda la dimámica comunitaria, Cristo, en su misterio pascual sigue siendo el modelo de cómo se construye la unidad. El mandamiento del amor mutuo tiene precisamente en Él la fuente, el modelo y la medida, ya que debemos amarnos como Él nos ha amado. Y Él nos ha amado hasta entregar la vida. Nuestra vida es participación en la caridad de Cristo, en su amor al Padre y a los hermanos, que es un amor que se olvida totalmente de sí mismo.

No sin pasar del hombre viejo al hombre nuevo

Pero todo esto no proviene de la naturaleza del “hombre viejo”, que desea ciertamente la comunión y la unidad, pero no pretende ni quiere pagar su precio en términos de compromiso y de entrega personal. El camino que va del hombre viejo – que tiende a cerrarse a sí mismo- al hombre nuevo, que se entrega a los demás, es largo y fatigoso. Los santos Fundadores has insistido de una forma realista en las dificultades e insidias de este paso, conscientes de que la comunidad no se improvisa, porque no es algo espontáneo ni una realización que exija poco tiempo.

No sin liberación interior

Para vivir como hermanos y como hermanas, es necesario un verdadero camino de liberación interior. Al igual que Israel, liberado de Egipto, llegó a ser Pueblo de Dios después de haber caminado largo tiempo en el desierto bajo la guía de Moisés, así también la comunidad, dentro de la Iglesia, pueblo de Dios, está constituida por personas a las que Cristo ha liberado y ha hecho capaces de amar como Él, mediante el don de su Amor liberador y la aceptación cordial de aquellos que Él nos ha dado como guías.

El amor de Cristo, derramado en nuestros corazones, nos impulsa a amar a los hermanos y hermanas hasta asumir sus debilidades, sus problemas, sus dificultades; en una palabra, hasta darnos a nosotros mismos.

No sin la Cruz de Cristo

22. Cristo da a la persona dos certezas fundamentales: la de ser amada infinitamente y la de poder amar sin límites. Nada como la cruz de Cristo puede dar de un modo pleno y definitivo estas certezas y la libertad que deriva de ellas. Gracias a ellas, la persona consagrada se libera progresivamente de la necesidad de colocarse en el centro de todo y de poseer al otro, y del miedo a darse a los hermanos; aprende más bien a amar como Cristo la ha amado.

En virtud de este amor, nace la comunidad como un conjunto de personas libres y liberadas por la cruz de Cristo.

No sin renuncia

23. Este camino de liberación, que conduce a la plena comunión y a la libertad de los hijos de Dios exige, sin embargo, el coraje de la renuncia a sí mismos en la aceptación y acogida del otro, a partir de la autoridad.

Se ha hecho notar, desde distintos lugares, que ha sido éste uno de los puntos débiles del periodo de renovación a lo largo de estos años, Han crecido los conocimientos, se han estudiados diversos aspectos de la vida común, pero se ha atendido menos al compromiso ascético necesario e insustituible para toda liberación capaz de hacer que un grupo de personas sea una fraternidad cristiana.

La comunión es un don ofrecido, que exige al mismo y tiempo una respuesta, un paciente entrenamiento y una lucha para superar la simple espontaneidad y la volubilidad de los deseos. El altísimo ideal comunitario implica necesariamente la conversión de toda actitud que obstaculice la comunión.

La comunión sin mística no tiene alma, pero sin ascesis no tiene cuerpo.

¿Sólo consumidores de comunidad?

24. Es preciso admitir que estas afirmaciones suscitan problema hoy, tanto entre los jóvenes como de las personas adultas.

Es necesario que desde el principio se erradiquen las ilusiones de que todo tiene que venir de los otros y se ayude a descubrir con gratitud todo lo que se ha recibido y se está recibiendo de los demás. Hay que preparar desde el principio para ser constructores y no solo “consumidores” de comunidad, para ser responsables los unos del crecimiento de los otros, como también para estar abiertos y disponibles a recibir cada uno el don del otro, siendo capaces de ayudar y de ser ayudados, de sustituir y de ser sustituidos.

¿Realizarse en el individualismo?

25. Además, es necesario recordar siempre que la realización de los religiosos pasa a través de sus comunidades. Quien pretende vivir una vida independiente al margen de la comunidad, no ha emprendido ciertamente el camino seguro de la perfección del propio estado.

Mientras la sociedad occidental aplaude a la persona independiente, que sabe realizarse por sí misma, al individualista seguro de sí, el Evangelio requiere personas que, como el grano de trigo, sepan morir a sí mismas para que renazca la vida fraterna (Cf. LG 46b).

¿Comunidades ideales?

26. El ideal comunitario no debe hacer olvidar que toda la realidad se edifica sobre la debilidad humana, La “comunidad ideal” perfecta no existe todavía. La perfecta comunión de los santos es la meta en la Jerusalén celeste.

Nuestro tiempo es de edificación y de construcción continuas, ya que siempre es posible mejorar y caminar juntos hacia la comunidad que sabe vivir el perdón y el amor. Las comunidades, por tanto, no pueden evitar todos los conflictos; la unidad que han de construir es una unidad que se establece al precio de la reconciliación. La situación de imperfección de las comunidades no debe descorazonar.

27. Para favorecer la comunión de espíritus y de corazones de quienes han sido llamados a vivir juntos en una comunidad, es útil llamar la atención sobre la necesidad de cultivar las cualidades requeridas en toda relación humana: educación, amabilidad, sinceridad, control de sí, delicadeza, sentido del humor y espíritu de participación.

Ecce quam bonum et iucundum

28. No hay que olvidar, por fin, que la paz y el gozo de estar juntos siguen siendo uno de los signos del Reino de Dios. La alegría de vivir, aun en medio de las dificultades del camino humano y espiritual y de las tristezas cotidianas, forma ya parte del Reino. Esta alegría es fruto del Espíritu y abarca la sencillez de la existencia, el tejido banal de lo cotidiano. Una fraternidad sin alegría es una fraternidad que se apaga. Muy pronto sus miembros se verán tentados de buscar en otra parte lo que no pueden encontrar en su casa. Una fraternidad donde abunda la alegría es un verdadero don de lo Alto a los hermanos que saben pedirlo y que saben aceptarse y que se comprometen en la vida fraterna confiando en la acción del Espíritu.

COMUNICAR PARA CRECER JUNTOS

Comunicarse para conocerse

29. En el proceso de renovación de estos años aparece que la comunicación es uno de los factores humanos que adquieren una creciente relevancia para la vida de la comunidad religiosa.Para llegar a ser verdaderamente hermanos es necesario conocerse. Para conocerse es muy importante comunicarse cada vez de forma más amplia y profunda.

Los beneficios de comunicarse

31. También a nivel comunitario se ha comprobado que es altamente positivo haber tenido regularmente encuentros en los que los religiosos comparten problemas de la comunidad, del instituto y de la Iglesia y dialogan sobre los principales documentos de la misma. La vida fraterna, especialmente en las comunidades más numerosas, necesita estos momentos para crecer.

32. Pero eso no es todo. En muchas partes se siente la necesidad de una comunicación más intensa entre los religiosos de una misma comunidad. La falta y la pobreza de la comunicación genera habitualmente un debilitamiento de la fraternidad a causa del desconocimiento de la vida del otro, que convierte en extraño al hermano y en anónima la relación, además de crear verdaderas y propias situaciones de aislamiento y soledad.

En algunas comunidades se lamenta la escasa calidad de la comunicación fundamental de bienes espirituales: se comunican temas y problemas marginales, pero raramente se comparte lo que es vital y central en la vida consagrada.

Las consecuencias de esto pueden ser dolorosas, porque la experiencia espiritual adquiere insensiblemente connotaciones individualistas.

La comunión nace precisamente de la comunicación de los dones del Espíritu, una comunicación de la fe y en la fe, donde el vínculo de fraternidad se hace tanto más fuerte cuanto más central y vital es lo que se pone en común.

Dificultades

33. Toda forma de comunicación implica itinerarios y dificultades psicológicas particulares, que pueden ser afrontadas positivamente, incluso con la ayuda de las ciencias humanas, Algunas comunidades se han beneficiado, por ejemplo, de la ayuda de expertos en comunicación y de profesionales en el campo de la psicología o de la sociología.

34. El considerable influjo que los medios de comunicación social ejercen sobre la vida y la mentalidad de nuestros contemporáneos afecta también a las comunidades religiosas y no pocas veces condiciona la comunicación dentro de las mismas.

En particular cuando la televisión se convierte en la única forma de recreación, obstaculiza y a veces impide la relación entre las personas, limita la comunicación fraterna e incluso puede dañar la misma vida consagrada. Se impone un justo equilibrio.

LA FRATERNIDAD COMO SIGNO

La vida fraterna es ya apostolado

54. La relación entre vida fraterna y actividad apostólica, particularmente en los institutos dedicados a las obras de apostolado, no ha sido siempre clara y ha provocado no raramente tensiones, tanto en cada una de las personas como en la comunidad. Para alguno, “formar comunidad” es considerado como un obstáculo para la misión, casi una pérdida de tiempo en cuestiones más bien secundarias. Hay que recordar a todos que la comunión fraterna en cuanto tal es ya apostolado; es decir, contribuye directamente a la evangelización. El signo por excelencia, dejado por el Señor, es el de la fraternidad auténtica: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 35).[El sentido del apostolado es llevar a los hombres a la unión con Dios y a la unidad entre sí mediante la caridad divina. La vida fraterna en común, como expresión de la unión realizada por el amor de Dios, además de constituir un testimonio esencial para la evangelización, tiene una gran importancia para la actividad apostólica y para su finalidad última. De ahí la fuerza de signo e instrumento de la comunión fraterna de la comunidad religiosa. La comunión fraterna está, en efecto, en el principio y en el fía del apostolado n.2].

Al mismo tiempo que el Señor envía a sus discípulos a predicar el Evangelio a toda criatura (Cf. Mt. 28, 19-20), los llama a vivir unidos “para que el mundo crea” que Jesús es el enviado del Padre, al que se debe prestar la plena adhesión de la fe (Jn 17, 21). El signo de la fraternidad es, por lo mismo, sumamente importante, porque es el signo que muestra el origen divino del mensaje cristiano y posee la fuerza para abrir los corazones a la fe.

La vida fraterna, sin serlo “todo” en la misión de la comunidad religiosa, es un elemento esencial de la misma. La vida fratetrna es tan importante como la acción apostólica.

No es lícito, pues, invocar las necesidades del servicio apostólico para admitir o justificar comunidades mediocres. La actividad de los religiosos debe ser actividad de personas que viven en comunidad y que informan de espíritu comunitario toda su acción, y que tienden a difundir el espíritu fraterno con la palabra, la acción y el ejemplo.

Signo de comunión

56. La comunidad religiosa, consciente de sus responsabilidades con respecto a la gran fraternidad que es la Iglesia, se convierte también en un signo de que se puede vivir la fraternidad cristiana, como también del precio que hay que pagar para la edificación de toda forma de vida fraterna.

Además, en medio de las distintas sociedades de nuestro planeta, agitadas por pasiones e intereses opuestos que las dividen, deseosas de unidad, pero desorientadas sobre el camino que han de seguir, la presencia de comunidades donde se encuentran, como hermanos y hermanas, personas de diferentes edades, lenguas y culturas, y que, no obstante los inevitables conflictos y dificultades que una vida en común lleva consigo, se mantienen unidas, es ya un signo que atestigua algo más elevado, que obliga a mirar más arriba.

57. La calidad de la vida fraterna también incide poderosamente en la perseverancia de cada religioso.