Comunidades de pecadores

A cualquier cristiano le es fácil afirmar estas dos cosas: que se reconoce pecador y que, precisamente por eso, se siente especialmente querido por Dios.

Los religiosos somos cristianos que prometemos pública y solemnemente aspirar a la perfección. Y no incumplimos el voto por no conseguir la perfección, sino por no aspirar a ella. La perfección es un deseo y una meta; nunca es en esta vida una realidad. Somos limitados y pecadores porque no somos perfectos, y Dios nos ama con amor especial porque, a causa de nuestro pecado, nos ve especialmente necesitados de su amor.

A algunos les han parecido casi escandalosas aquellas frases de Jesús en las que afirma sin rodeos que Dios ama de manera especial a los pecadores. Las frases son abundantes y todos nosotros las sabemos de memoria. Pero tratamos de interpretarlas esquivamente y muchas veces nos comportamos como el hermano mayor del hijo pródigo, cuando el Padre organizó todo aquel banquete para recibir al hijo pecador.

Los religiosos vivimos en comunidades de pecadores, formadas por religiosos pecadores que, eso sí, aspiramos a la perfección. A unos se nos puede notar más que a otros nuestro pecado, pero nadie puede presumir de santidad. Mucho menos podemos retirar nuestro amor al que creemos más pecador que nosotros, porque actuaríamos exactamente al contrario de Dios.

Cuando hablo de pecado no estoy pensando sólo en, el pecado moral, sino también en el pecado o limitación psicológica, física o de cualquier otra clase. Como el ciego del evangelio, o como cualquiera de los endemoniados, cada uno tenemos nuestro carácter y nuestra inteligencia y nuestro cuerpo físico. Algo podemos y debemos hacer para cambiarnos, pero hay estructuras íntimas y condicionantes externos que nos tienen atrapados. Puede ocurrir que al que consideramos peor o más débil que nosotros sea simplemente el menos afortunado en el reparto misterioso de dones y cualidades.

Dicen que las madres quieren más al hijo débil o enfermo y las que son creyentes viven especialmente atentas y preocupadas por el hijo increyente o pecador. Santa Mónica fue una de estas madres; no abandonó nunca al hijo extraviado y le siguió intrépidamente por tierra y por mar. No amó menos a su hijo mientras este vivió en el error y seguro que celebró un gran banquete espiritual el día en que su hijo volvió al seno de la Iglesia católica. Como el Padre del hijo pródigo.

En todas nuestras comunidades puede haber frailes especialmente difíciles y a los que podemos ver como especialmente limitados, o pecadores. Es evidente que nadie tiene derecho a despreciarlos o a segregarlos. Todos tenemos la obligación de amarlos y de ofrecerles caminos de recuperación y de conversión. Si no los unimos a nosotros con el vínculo del amor, no los atraeremos de ninguna manera.

Vivamos todos, pues, en unión de alma y corazón y honremos los unos en los otros a Dios, de quien hemos sido hecho templos. Y hagamos todo esto siendo conscientes de que somos pecadores y de que vivimos en comunidades de pecadores.

Gabriel González del Estal, OSA