Crisis de prosperidad… nos ataca

La vida religiosa, como todo estilo de vida que aspira y tiende a la perfección, se ve hostigada una y otra vez por crisis de desánimo y decaimiento.

Es difícil mantener siempre la cuerda tensa sin que se rompa, o el ojo siempre avizor y al acecho. La perfección no es un estado natural, sino más bien una meta, o el espacio fugaz de algún momento privilegiado.

Por eso, aunque la vida religiosa tiende a la perfección, vive de hecho habitualmente en la imperfección. Aquí radica la tragedia y el sufrimiento interior de las personas auténticamente religiosas.

El verdadero problema empieza a existir cuando la persona religiosa se acomoda y se instala plácidamente en la imperfección. En ese momento ya no se puede hablar con propiedad de persona religiosa.

Yo creo que muchos religiosos estamos conviviendo plácidamente con la imperfección, porque hemos dejado de tender ilusionadamente a la perfección. No es sólo que hayamos dejado de creer en nuestra personal capacidad de alcanzar la perfección, es que, además, hemos dejado de tender a la perfección. De esta manera hemos dejado de ser personas religiosas.

¿A qué se debe este vivir mortecino y desilusionado de la vida religiosa? Se debe indudablemente a muchas causas. Pero yo creo que una de estas causas principales es el estado de prosperidad en el que vivimos actualmente los frailes. Materialmente tenemos casi todo lo que deseamos y nos hemos conformado y complacido con nuestro estado material de bienestar. Hemos olvidado que somos, por vocación y decisión propia, personas religiosas, y nos hemos conformado con vivir bien como personas sociales y civiles. Es lo que se llama, en terminología actual, secularización de la vida religiosa.

Cuando el cuerpo está satisfecho es más difícil oír las quejas del espíritu y tendemos a convertirnos fácilmente en cuerpos felices o estómagos agradecidos. La alegría y el bullicio de la carne puede ahogar y eclipsar las justas manifestaciones de insatisfacción del alma. El cuerpo satisfecho, como el rico Epulón, no escucha los lamentos y súplicas del pobre Lázaro, del alma insatisfecha.

No son las crisis de pobreza las que terminan con la vida religiosa. Históricamente ha sido más bien al contrario. Siempre hubo más vocaciones y menos defecciones en los países pobres que en los ricos. Los que hemos conocido épocas de escasez y dureza económica, sabemos que no fue aquélla la época más infeliz de nuestra vida, ni la más pobre en vivencia religiosa.

Debería ser innecesario para nosotros tener que recordarnos que lo esencial de la vida religiosa no está en el tener, sino en el ser; no en la cantidad material, sino en la calidad espiritual. A la persona religiosa no se la juzga, en cuanto religiosa, por lo que hace o por lo que tiene, sino por lo que es, o por la manera interior de hacer y vivir su vida. En lo que hacemos podemos coincidir, y de hecho coincidimos, con otras muchas personas no religiosas; en lo que somos y en nuestra manera interior de vivir, sólo podemos coincidir con otras personas religiosas.

Yo no deseo una vuelta a anteriores épocas de escasez y penuria económica, pero sí deseo y pido a Dios que nuestra buena situación económica actual esté al servicio del crecimiento espiritual de las personas religiosas. Y que nunca nos convirtamos en ricos Epulones, incapaces de oír y atender las quejas y lamentos de tantos pobres Lázaros que hay a nuestro lado.

Gabriel González del Estal, OSA