Don de la fraternidad

La fraternidad debe ser la virtud distintiva y carismática de los hermanos de la Orden de San Agustín. Para todos los cristianos la fraternidad es la primera virtud evangélica; lo es de una manera especial para todos los Religiosos y de una manera especialísima para los religiosos agustinos. Los agustinos debemos tener el don de la fraternidad.

Los dones vienen de lo alto y los da Dios a quien quiere y cuando quiere, como las vocaciones. Los dones y las vocaciones tienen una relación necesaria. Porque para poder cumplir y realizar la vocación que Dios nos da, necesitamos tener unos dones determinados. No podernos pensar que Dios nos da una vocación, si no nos ha dado previamente los dones y las fuerzas suficientes poder cumplirla.

En nuestro caso concreto, podemos afirmar que un agustino no puede realizar su vocación si no posee el don de la fraternidad. Por consiguiente, aunque parezca duro decirlo, el que no posee el don de la fraternidad no tiene vocación de agustino. Esto, claro está, no es una invención mía; es algo que se deduce lógicamente del primer mandato de la Regla, del cor unum et anima una in Deum. Sin el don de la fraternidad no se puede vivir en comunidad unánimes y concordes.

Cuando decimos que los dones vienen de lo alto no queremos decir que nazcamos ya con dones totalmente desarrollados. Los dones son capacidades innatas, pero que solo se realizan con nuestra ayuda y esfuerzo. Hay dones que no se realizan nunca, o que solo se realizan débil o torcidamente, por falta de interés o esfuerzo personal. Lo que es cierto es que no todos tenemos los mismos dones, o no los tenemos en el mismo grado y medida. Hay personas bien dotadas para el canto, aunque no canten nunca, mientras que otros no podremos ser nunca buenos cantores. Pablo lo dijo con bastante claridad:« Hay diversidad de dones, aunque uno mismo es el Espíritu» (1Cor 12). En este sentido paulino, podemos decir que el don de la fraternidad es un don necesario para cumplir la vocación de agustino.

El don de la fraternidad lo tenemos que demostrar los agustinos dentro y fuera de la comunidad. Primero dentro de la comunidad, porque la vida en comunidad es nuestro distintivo y nuestra principal tarea (Ratio Institutionis, parte II, 1) y fuera de la comunidad también porque nuestras comunidades deben ser signo y ejemplo de vida para la familia y la sociedad. La comunidad tiene en sí misma sentido apostólico, porque viviendo fraternalmente en comunidad nos santifica a nosotros y, al mismo tiempo, anunciamos el evangelio a las personas que nos ven y a la sociedad que nos conoce. Viviendo dentro de la comunidad fraternalmente y comportándonos con los más con fraternidad realizamos los agustinos nuestro carisma más propio.

El don de la fraternidad debemos vivirlo los agustinos con alegría, no como el que cumple una obligación ingrata o pesada. Sólo así será un don contagioso, sobre todo para las personas jóvenes. Más de una vez nos ha dicho algún joven que a él no le gustaría vivir en tal comunidad nuestra, porque la encuentra demasiado triste y hosca. Nuestras comunidades deben compartir el don de la fraternidad, porque si compartimos con alegría el don de la fraternidad daremos frutos en abundancia y el amor de Dios se manifestará en nosotros.

Gabriel González del Estal, OSA