Enseñanza, actividad primordial de la provincia

A finales del siglo pasado la Provincia de Filipinas era una Provincia esencialmente misionera. Todos los religiosos de la Provincia eran educados desde el primer momento para ir a misiones.

Pero había un grupo de religiosos, la mayor parte de los cuales vivía en el Monasterio del Escorial, que prefería dedicarse a los estudios y a la enseñanza. A este grupo de religiosos comenzó a llamárseles “los del Escorial”. Este grupo fue el principal impulsor y defensor de la división de la Provincia de Filipinas y, consecuentemente, de la creación de la Provincia Matritense. Por eso, el fin principal de nuestra Provincia, tal como aparece en el primer número de los Estatutos de 1896, es la enseñanza de la juventud.

El P. Conrado Muiños se atreve a decir al General P. Tomás Rodríguez, en carta de 20-05-1899, que “nadie había luchado como hemos luchado nosotros por la enseñanza, ninguno miraba a ésta como su dedicación exclusiva”. En esta misma carta dice que se dirige con confianza al P. Tomás Rodríguez no porque éste sea General de la Orden, sino porque es “antiguo compañero de luchas y martirios en defensa de la enseñanza”. No debemos olvidar que cuando el P. Conrado Muiños habla de la enseñanza se refiere también, complementariamente, a los estudios. Sólo así es como podemos entender aquella otra frase suya, en carta de 29-07-1898, en la que afirma que “siempre he sido partidario de que haya mucha formalidad en materia de estudios, y por ella he sostenido la única rudísima campaña de mi vida”.

Nuestra Provincia ha hecho de la enseñanza, durante estos cien años de su historia, su objetivo y dedicación especial. La mayor parte de los religiosos sabíamos, cuando profesábamos, que profesábamos para una Provincia que se dedicaba mayoritariamente a la enseñanza. Aún hoy, como sabemos, los Estatutos actuales consideran que la educación cristiana de la juventud es la tarea primordial en la que debemos sentirnos implicados los miembros de la Provincia Matritense.

Personalmente creo, y me parece evidente, que la tarea de la educación cristiana de la juventud sigue siendo una tarea nobilísima, por la que merece la pena gastar la vida. Educar al niño y al joven es, en principio, más urgente y prioritario que intentar educar a las personas mayores. No es fácil, desde luego, educar a un adolescente, pero es probable que si no le educamos cuando es joven ya no podamos educarle nunca. Ni cultural, ni, mucho menos, religiosamente.

Hoy día no podemos ya, por falta de personal, ser los profesores de todos los alumnos de nuestros centros. Dentro de no muchos años es probabilísimo que el número de profesores agustinos en nuestros centros docentes sea reducidísimo. Debemos centrar nuestras energías en la educación cristiana de nuestros alumnos. Y en este sentido deben prepararse nuestros jóvenes seminaristas. Es más urgente prepararse para ser buenos profesores de religión, que para ser buenos profesores de matemáticas, por ejemplo. Tenemos una necesidad más urgente de educadores y formadores cristianos de la juventud, que de profesores civiles. A un profesor seglar se le busca y se le encuentra por dinero, a un formador religioso y a un educador cristiano, no.

Además, la educación cultural y científica de los alumnos viene ya programada y dirigida por el Estado; la educación cristiana y religiosa, en cambio, no. Por esto es importantísimo que sigamos teniendo la orientación y la dirección de nuestros centros. Para que los directores puedan exigir que el centro funcione como auténtico centro religioso; un centro que, a través del departamento de pastoral, programa todas sus actividades con el fin primero de educar cristianamente a los niños y a los jóvenes en primer lugar y, después, en lo posible, a toda la comunidad educativa.

La educación cristiana supone por lo menos dos cosas fundamentales: que el maestro actúe como maestro cristiano y que el alumno se comporte como alumno cristiano.

El maestro cristiano debe imitar al Maestro. Y aquí es donde yo quisiera que nos sirvieran de luz y guía los textos de Ez. 34, 11-16 y Lc 15, 3-5 centrados en la figura del Buen pastor. Nuestra preocupación primera, y la más intensa, es atender a las ovejas descarriadas. Debemos sentirnos felices en medio de los alumnos buenos, pero debemos vivir continuamente preocupados por los alumnos malos. Es a éstos a los que tenemos que salvar. La organización de nuestros centros docentes debe estar pensada más para salvar a los alumnos malos que para mantener a los alumnos buenos. Y repito que no estoy pensando en este momento tanto en los alumnos buenos o malos en notas cuanto en los alumnos con necesidades psíquicas y morales. Debemos tener un corazón de pastor bueno. Corazón que sea capaz de amar con amor especial a los que están especialmente necesitados de amor.

En esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, yo quiero hacer a todos los religiosos de nuestra Provincia una petición de bondad y misericordia hacia las personas más necesitadas, especialmente hacia nuestros alumnos más débiles y problemáticos. Que nuestro corazón generoso imite al Corazón del Titular de nuestra Provincia; que tengamos un corazón de Pastor bueno.

Gabriel González del Estal, OSA