Formación permanente

«Procuren el Consejo General y los Consejos Provinciales dar facilidades a los Hermanos para que durante algún tiempo puedan dedicarse, -en cursos especiales de teología, de pastoral, de espiritualidad, o en diálogos y convivencias agustinianas-, a renovar la vida religiosa y comunitaria y a completar con mayor intensidad la formación permanente. En las Provincias los Estatutos Provinciales determinen el tiempo y el modo, incluso señalando Casas de retiro» (Const. 110).

«Todos los religiosos de la Provincia deben realizar los cursos de formación permanente. El Prior Provincial y su Consejo programarán estos cursos en tiempos y ritmos adecuados a la situación comunitaria y personal, de forma que se pueda cumplir esta obligación» (Est. 19).

«La formación permanente recibe su sentido fundamental de la necesidad de cultivar y revitalizar continuamente la gracia de la propia vocación. Como nos recuerda Agustín: “Donde dijiste: basta, allí comenzó tu perdición”… La formación permanente es esencial para que la formación inicial no se estanque o se convierta en un medio inútil de seguir a Cristo y de ser fieles al Espíritu de la Orden agustiniana» (Ratio Inst. 119).

Para dar mejor cumplimiento al espíritu y a la letra de estos números es para lo que hemos tratado de poner en marcha un nuevo Plan de Formación Permanente. No lo hacemos por el mero afán de cumplir algo que está mandado, sino porque estamos convencidos de que, sin una adecuada y continuada formación permanente, la vida religiosa se debilita y desvanece.

La vocación religiosa se da de una vez para siempre, pero no está hecha de una vez para siempre. Es como un niño, que nace una sola vez, pero que puede crecer y fortalecerse, o debilitarse y morir. La vocación religiosa necesita ser alimentada y puesta al día ininterrumpidamente para que no muera.

Vivimos en un mundo cambiante. Las verdades pueden ser eternas, pero el modo de encarnarlas y de predicarlas es distinto hoy que ayer. El verdadero apóstol tiene la obligación de correr al ritmo de los tiempos. Porque la vida está siempre en marcha y es como un tren que no para; el que se baja del tren pierde la perspectiva y el horizonte de los que han seguido a bordo. Empeñarse en vivir la vocación fuera del tiempo y del espacio en el que estamos situados es condenarse a vivir desubicados y en una soledad estéril y poco redentora. Debemos usar un lenguaje y unas formas que sean comprensibles para la gente que nos escucha, en sintonía con el tiempo en que vivimos.

Por todas estas razones, entre otras muchas, es necesaria la formación permanente. Para vivir al día, con un equipaje y unos medios aptos para llegar a la inteligencia y al corazón de las personas a las que queremos evangelizar.

Pero la formación permanente no sólo es necesaria para cuidar la dimensión exterior, en su función evangelizadora, sino también para alimentar la dimensión interior y espiritual de la persona. Esta dimensión interior es incluso más importante, y desde luego anterior, que la dimensión externa. Porque nadie da lo que no tiene, o es. Estemos primero bien formados nosotros para poder formar bien a los demás. Una persona vacía, o poco o mal formada, lo mejor que puede hacer es renunciar a la dimensión evangelizadora de su vocación religiosa.

Aunque todas las cosas, y todos los tiempos, puedan ser aprovechados para la formación permanente, conviene, sin embargo, dedicar tiempos y medios especiales para este fin. Estos tiempos especiales de formación permanente deben servirnos, ante todo, para reflexionar, para descansar de lo que ya hemos andado y para reponer fuerzas, con el fin de poder seguir caminando con renovada ilusión.

Todos necesitamos una formación permanente que ilumine nuestra inteligencia y encienda nuestro corazón en el amor y búsqueda apasionada de la Verdad.

Gabriel González del Estal, OSA