La fecundidad de la vida religiosa depende de la calidad de la vida en común

«Toda la fecundidad de la vida religiosa depende de la calidad de la vida fraterna en común. Más aún, la renovación actual en la Iglesia y en la vida religiosa se caracteriza por una búsqueda de la comunión y de la comunidad. Por eso la vida religiosa será tanto más significativa cuanto más logre construir “comunidades fraternas en Cristo, en las cuales, por encima de todo, se busque y se ame a Dios” ( Cf. CIC 619), y perderá, por el contrario, su razón de ser cada vez que se olvide de esta dimensión del amor cristiano, que es la construcción de una pequeña “familia de Dios” con aquellos que han recibido la misma llamada. En la vida fraterna se debe reflejar “la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres” (Tt 3,4), tal como se ha manifestado en Jesucristo. Pero si se pospone este testimonio público de la vida religiosa a la acción apostólica o a la autorrealización personal, las comunidades religiosas pierden su fuerza evangelizadora y no son ya aquella realidad que san Bernardo definió con bella expresión “Scholae Amoris”, esto es, lugares donde se aprende a amar al Señor y a convertirse, día tras día, en hijos de Dios y por lo tanto en hermanos y hermanas.

No sólo la Iglesia, sino también nuestra sociedad puede sacar gran provecho de las comunidades fraternas, que están llamadas a ser puntos luminosos de referencia para cuantos deben superar dificultades provenientes de la diversidad de intereses, de generaciones, de raza y de cultura. La comunidad religiosa puede así constituirse en un testimonio vivo, en medio de un mundo deseoso de paz y que trata de superar sus conflictos. De hecho la fraternidad de la vida religiosa no es un ideal abstracto, irrealizable, sino algo concreto y verificable, un “ejemplo de la universal reconciliación en Cristo” (Cf. CIC 602). Las comunidades religiosas, que anuncian con su vida la alegría y el valor humano y sobrenatural de la fraternidad cristiana, manifiestan a la sociedad actual, con la fuerza de los hechos, la energía transformadora de la Buena Nueva. Al mismo tiempo son verdaderas escuelas superiores dedicadas a la formación de mujeres y hombres que aprenden el amor evangélico hacia los más débiles y marginados y adquieren la capacidad de unir hombres y mujeres de toda lengua, pueblo, tribu y nación, para formar una nueva humanidad modelada por la palabra de Cristo Señor y del Espíritu Santo.

Para alcanzar esta altísima meta hay que tener constantemente presente que la vida fraterna tiene como fin formar una peculiar familia, reunida no por motivaciones humanas, sino por una especial invitación del Señor para que sea en la iglesia el signo visible de aquel amor dinámico y difusivo que recorre las Tres Personas de la Santísima Trinidad. Por eso la vida fraterna es ante todo obra del Espíritu que no deja nunca de actuar, cuando los hermanos son “asiduos y concordes en la oración” (Hch 1, 14)».

JUAN PABLO II, A la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, 20 de noviembre de 1992