Misión y reducción numérica

No pocas veces, cuando pensamos en la misión de los religiosos, se nos vie­ne a la cabeza el número cada vez más reducido de los que formamos parte de la vida consagrada.

Según se nos dice, la vida religiosa (masculina y femenina) supone una pequeñísima minoría en rela­ción con el conjunto total de fieles: tan sólo un 0,12 % frente a un 99,88 %.

No nos interesa saber qué minúscula proporción re­presentamos los agustinos dentro de ese ya de por sí exiguo porcentaje. Sí nos interesa indicar lo si­guiente: esa mínima proporción en el conjunto de la Iglesia no es debida a la escasez de vocaciones; al menos , no solo: aun en las épocas más afortunadas en el número de vocaciones, la vida consagrada ha sido siempre una inmensa, enorme y gigantesca minoría… Y lo seguirá siendo por mucho que crezcan las vocaciones. Porque la misión de los religiosos, cualquiera que sea la actividad concreta que desarrollen, será siempre ser levadura y no masa, sal y no guiso. Y lo que se valora tanto en la levadura como en la sal no es la cantidad -con poco bas­ta-, sino la calidad, o, dicho de otra manera, que sean capaces de cumplir cabalmente su misión: fermentar la masa, en el caso de la le­vadura; sazonar el guiso, si hablamos de la sal. ¡Y todo ello a pesar de su escasísima cantidad!

A veces andamos preocupados por la cantidad. Las estadísticas de la vida consagrada en los países occidentales muestran lo razonable de esta inquietud; pero, tal vez, junto a esta preocupación, deberíamos intentar ver más hondo. No podemos seguir pensando con los esquemas de tiempos más florecientes, vocacional­mente hablando; ni podemos estar esperando que nos lluevan de nuevo las vocaciones para que todo, con pequeños cambios, siga como estaba. La disminución de religiosos puede entrañar sufrimiento, pero también nos ayuda a descubrir una gran enseñanza. La reduc­ción numérica de vocaciones puede convertirse en signo y en reto. Signo que nos haga descubrir lo que siempre fue verdad y quizá nunca acabamos de ver del todo: la condición minoritaria de la vida religio­sa por ser, humildemente, sal y levadura; reto que, desechando nostalgias, nos impulse a descubrir nue­vos caminos, nuevas formas de proceder y de ser en los mismos o en otros campos de misión.

No la can­tidad, sino la capacidad de significación, que brota espontáneamente de nuestra fe y entrega, nos permi­tirá cumplir la misión que se nos pide: ser signo de Cristo en nuestra época y nuestro mundo. Para ello es bueno que alienten en nosotros «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hom­bres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren» (GS 1). Hay todo un mundo que nos espera ahí fuera. Tenemos que evitar la tentación del lamento continuo por no ser ya lo que antes éramos. Hay que dejar de mirar nuestra herida para correr samaritanamente a curar las heridas, corporales y espirituales, de las personas que nos rodean, y anunciarles el nombre de Jesucristo con esa alegría serena de quienes lo han encontrado.

Y esto se puede conseguir aunque seamos una pe­queñísima minoría, con tal que signifiquemos. Bajo muchos puntos de vista, no es lo mismo ser pocos que ser insignificantes.

Carlos José Sánchez Díaz, OSA