Ser totalmente de Cristo

Los religiosos, llamados a ser signo creíble y luminoso del evangelio en el mundo de hoy, no podrán desempeñar su misión sin pertenecer totalmente Cristo y redescubrir la dimensión totalizante de la sequela Christi.

(…) Los consagrados y las consagradas hoy tienen la tarea de ser testigos de la transfigurante presencia de Dios en un mundo cada vez más desorientado y confuso, un mundo en el que colores difuminados han sustituido a los colores claros y nítidos. Ser capaces de ver nuestro tiempo con la mirada de la fe significa poder mirar al hombre, el mundo y la historia a la luz de Cristo crucificado y resucitado, la única estrella capaz de orientar “al hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una lógica tecnocrática”(Fides et Ratio , 15).

En los últimos años se ha comprendido la vida consagrada con un espíritu más evangélico, más eclesial y más apostólico; pero no podemos ignorar que algunas opciones concretas no han presentado al mundo el rostro auténtico y vivificante de Cristo. De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el corazón de no pocos consagrados, que la entienden como una forma de acceso a la modernidad y una modalidad de acercamiento al mundo contemporáneo. La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista.

En el evangelio, Jesús nos advirtió que existen dos caminos uno es el camino estrecho, que lleva a la vida; y otro es el camino ancho que lleva a la perdición (cf. Mt 7, 13-14). La verdadera alternativa es, y será siempre, la aceptación del Dios vivo mediante el servicio obediente por fe, o el rechazo de Dios.

Así pues, una condición previa al seguimiento de Cristo es la renuncia, el desprendimiento de todo lo que no es él. El Señor quiere hombres y mujeres libres, no vinculados, capaces de abandonarlo todo para seguirlo y encontrar sólo en él su propio todo. Hacen falta opciones valientes, tanto a nivel personal como comunitario, que impriman una nueva disciplina en la vida de las personas consagradas y las lleven a redescubrir la dimensión totalizante de la sequela Christi.

Pertenecer al Señor significa estar inflamados por su amor incandescente, ser transformados por el esplendor de su belleza: le entregamos a él nuestra pequeñez como sacrificio de suave olor, para que se convierta en testimonio de la grandeza de su presencia para nuestro tiempo, que tanta necesidad tiene de ser embriagado por la riqueza de su gracia.

Pertenecer al Señor: esta es la misión de los hombres y mujeres que han elegido seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y sea salvado. Ser totalmente de Cristo para transformarse en una permanente confesión de fe, en una inequívoca proclamación de la verdad que hace libres ante la seducción de los falsos ídolos que han encandilado al mundo. Ser de Cristo significa mantener siempre ardiendo en el corazón una llama viva de amor, alimentada continuamente con la riqueza de la fe, no sólo cuando conlleva la alegría interior, sino también cuando va unida a las dificultades, a la aridez, al sufrimiento.

El alimento de la vida interior es la oración, íntimo coloquio del alma consagrada con su Esposo divino. Un alimento aún más rico es la participación diaria en el misterio inefable de la divina Eucaristía, en la que Cristo resucitado se hace constantemente presente en la realidad de su carne.

Para pertenecer totalmente al Señor, las personas consagradas abrazan un estilo de vida casto. La virginidad consagrada no se puede insertar en el marco de la lógica de este mundo; es la más “irracional” de las paradojas cristianas y no a todos les es concedido entenderla y vivirla (cf. Mt 19, 11-12). Vivir una vida casta significa también renunciar a la necesidad de aparecer, asumir un estilo de vida sobrio y modesto. Los religiosos y las religiosas están llamados a demostrarlo también con la elección del vestido, un vestido sencillo, que sea signo de la pobreza vivida en unión con Aquel que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9). Así, y sólo así, se puede seguir sin reservas a Cristo crucificado y pobre, sumergiéndose en su misterio y haciendo propias sus opciones de humildad, pobreza y mansedumbre. (…)

En conclusión, los consagrados y las consagradas están llamados a ser en el mundo signo creíble y luminoso del Evangelio y de sus paradojas, sin acomodarse a la mentalidad de este mundo, sino transformándose y renovando continuamente su propio compromiso, para poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, grato a él y perfecto (cf. Rm 12, 2).

(Discurso de BENEDICTO XVI a los Superiores Mayores, 22 de mayo de 2006)