Testimonio o eficacia (dilema en la vida religiosa)

Creo que este es uno de los problemas mayores -si no el mayor- que tenemos que resolver urgentemente los religiosos. ¿Cómo debemos actuar para que nuestra vida religiosa sea un testimonio evangélico para la sociedad y, al mismo tiempo, preste un servicio social, también evangélico, a los más pobres y necesitados?

Para que la Vida Religiosa sea un testimonio evangélico para la sociedad deberemos vivir cada uno de los religiosos en particular y la comunidad religiosa en cuanto tal evangélicamente, es decir, manifestando públicamente en nuestra vida el cumplimiento de los consejos evangélicos

El voto que demuestra más visiblemente ante la sociedad un modo de vida evangélico es el VOTO DE POBREZA. Y aquí surge, inmenso y hasta amenazador, el gran problema que se nos plantea a muchas Órdenes Religiosas. Pobreza comunitaria no tenemos, evidentemente, y la pobreza individual de cada religioso no es visible a la sociedad en la mayor parte de los casos. ¿Cómo vamos a dar, entonces, testimonio de vida evangélica?

Si renunciamos a nuestra riqueza comunitaria tenemos que renunciar, irremediablemente, a la propiedad de la mayor parte de nuestras obras institucionales, con lo que perderíamos eficacia y, además, tendríamos que empezar a vivir de un modo bastante distinto al actual. ¿Estaríamos dispuestos la mayor parte de los frailes a dar este cambio? Me parece que no.

Además, si renunciamos a nuestra riqueza comunitaria no tendremos dinero para seguir manteniendo las obras. No tendríamos quizá dinero ni para mantener nuestros seminarios. ¿Es esto algo bueno y deseable? Pienso que no. Porque, también aquí, nuestra eficacia quedaría sustancialmente reducida, aunque aumentara considerablemente nuestra capacidad de testimonio.

¿Qué hacer? Una respuesta fácil es decir que debemos seguir manteniendo nuestra actual capacidad de eficacia y aumentar nuestra capacidad de testimonio. Pero ¿es esto posible?, y, si es posible, ¿cómo hacerlo?

Otra respuesta que podría acercarse a la solución del problema es afirmar que si vivimos visiblemente pobres como individuos, la sociedad nos verá como auténticos religiosos, aunque mantengamos nuestra riqueza comunitaria. Esto, desde luego, es posible y deseable, pero no resultará fácil conseguirlo. Porque no es fácil vivir como pobre en casas ricas, y conscientes como somos de que tenemos dinero suficiente en los bancos. La circunstancia en la que uno vive termina condicionando su propio estilo de vida y hasta su manera de ser y pensar. Si sabemos que nuestras empresas son ricas y el ejercicio de nuestra actividad nos obliga a vivir muchas veces entre ricos, la circunstancia nos está empujando a vivir como ricos. En determinados momentos casi nos está obligando a ello, porque vivimos entre personas que son ricos y se comportan como ricos y nosotros no podemos obligarles a que se comporten como pobres. Y si convivimos con ellos, tendemos espontáneamente a comportarnos como ellos.

Aquí está la raíz de mis dudas y el origen de mis cavilaciones. Si queremos tener capacidad económica para hacer obras sociales y ayudar a los pobres y necesitados, no podemos renunciar a la riqueza comunitaria, y si no renunciamos a la riqueza comunitaria vamos a seguir viviendo como ricos, y así no damos testimonio de vida evangélica al mundo.

¿Qué hacer?, me pregunto una vez más. Mientras no resolvamos convenientemente nuestro dilema, esforcémonos, al menos, en vivir individualmente como pobres y hagamos el propósito de sentirnos comprometidos con los pobres. Y, en cualquier caso, no olvidemos lo que nos dijo en una ocasión la madre Teresa de Calcuta a nosotros los religiosos dedicados al apostolado de la enseñanza: que hay pobrezas aún más lacerantes que la pobreza económica, y también a esas pobrezas debemos atender los religiosos.

Gabriel González del Estal, OSA