Tres exigencias de la nueva evangelizacion para los religiosos

1. En primer lugar: autenticidad

La primera cosa que se le debe pedir a los religiosos y religiosas es que sean lo que tienen que ser, que vivan la vida religiosa, con verdad, con sosiego, sin afanarse en demasiados planes ni pedir resultados inmediatos.

Quede dicho con claridad que si la vida religiosa no recupera la mística de su renovación auténticamente evangélica, fortaleciendo la intensidad y veracidad de sus líneas fundamentales, quedará inhabilitada para la labor de la nueva evangelización y actuará como un lastre en la Iglesia en vez de ser la avanzadilla de su misión y de su testimonio de Dios y de la vida eterna en el mundo.

2. Aumentar la credibilidad y el contraste de la Iglesia con el espíritu del mundo

Para respaldar la fuerza de su anuncio, la Iglesia necesita fortalecer su credibilidad ante el mundo.(…) Una credibilidad que no puede estar basada en la condescendencia, en el miedo a las críticas o en el ocultamiento de las expresiones fuertes del Evangelio.

Los apóstoles y evangelizadores de todos los tiempos encontraron también este duro rechazo del Evangelio por parte de quienes estaban ganados por el espíritu del mundo. Una cierta impregnación sociológica e ideológica ha llevado a algunas instituciones religiosas a simplificar la renovación haciéndola coincidir con una pretendida inserción entre los pobres.(…)

La renovación tiene que nacer desde dentro, del esfuerzo personal e institucional de vivir auténticamente la inspiración original en todos los aspectos de la vida y no sólo en el sociológico. La renovación tiene que llevarnos a más religiosidad, más piedad, más inspiración bíblica y litúrgica de la vida, más pobreza, más obediencia, más comunión, más disponibilidad. Y también, por supuesto, más cercanía a los pobres y menos complicaciones de instalación y de vida.

3. Sentir y compartir la misión eclesial

Las comunidades religiosas deben hacer un esfuerzo positivo para ver su vida y sus actividades apostólicas como parte del ser, de la vida, y de la acción común de la Iglesia. No se trata de querer intervenir ni de pedirles que pierdan nada de sus notas específicas. Los religiosos y religiosas, tal como son, con sus formas de vida, con sus actividades propias, con los caracteres familiares de cada congregación o comunidad, son un bien, una parte importante de la Iglesia local, de las parroquias, en la vida, en el testimonio, en la misión, en todo.

En una espiritualidad religiosa bien planteada, las personas, las comunidades, las instituciones tienen que sentirse directamente interpeladas por las necesidades pastorales de la Iglesia. No podemos pensar sólo en las necesidades inmediatas del propio colegio o del hospital; hay que ver las propias obras, personales e institucionales, en el cuadro de las necesidades generales de la Iglesia, como parte importante de lo que la Iglesia entera tiene que hacer en ese lugar y en ese sector. Con la Iglesia entera tenemos que sentir el peso de la misión, la responsabilidad de la evangelización, el dolor del alejamiento de tantos hermanos del conocimiento de Dios y de Cristo de los bienes de la gracia.

Cf. Fernando SEBASTIAN AGUILAR, Nueva evangelización. Fe, cultura y política en la España de hoy, Encuentro, Madrid 1991, pp. 191-196