Valor sacramental de la vida religiosa

La vida religiosa, un signo múltiple

La vida religiosa nació en la iglesia como un signo múltiple. La pregunta es si hoy conserva este carácter sacramental o, por el contrario ha perdido su valor significativo. Una tarea urgente que tiene planteada hoy la vida religiosa gira sobre su carácter significativo. ¿Cómo ser signo en nuestros días? Y ¿signos de qué? Porque somos religiosos en la Iglesia y para la Iglesia, en el mundo y para el mundo. Amar y servir a Jesucristo es también amar y servir a la humanidad, a todos los seres humanos que forman con Él, el Cristo total.

El mundo del cristianismo lo podemos concebir en dos niveles: el de la gracia invisible de Dios (el acontecimiento trinitario), y el nivel de los signos. Los dos niveles forman el ámbito de la sacramentalidad cristiana. La sacramentalidad supone la iniciativa de Dios, es decir el descenso gratuito de los dones de Dios. Pero también supone el abrirse paso los seres humanos, a través de los signos mediadores, para llegar hasta la realidad de Dios.

En este sentido, la vida religiosa es signo de la presencia de Dios y, a la vez, indicador ascendente. Es encarnación y es pascua. Como encarnación, levadura, cercanía, fermento en el mundo de la cultura, de las conquistas sociales, de la defensa de los derechos humanos. Como pascua, signo y profecía del Reino, testimonio de una vida nueva conquistada por la redención de Jesucristo, potenciadora de fraternidad y de solidaridad, profesionales de esa fidelidad que aguanta y permanece y que llamamos esperanza, empeñados en que no se quiebre la caña cascada ni se apague el pábilo vacilante por débil que sea (Is 42,3).

Este aspecto sacramental o significativo de la vida religiosa, no siempre se ha tenido en cuenta. Y no sé si la nueva teología de la vida religiosa abandona los caminos de subcultura eclesiástica, de alcance limitado. Hay discursos ininteligibles sobre la vida religiosa. Como si nosotros perteneciéramos a una cierta aristocracia espiritual que utiliza una jerga grandilocuente y todo nuestro empeño estuviera en buscar rasgos únicos, diferencias específicas.

Desdramatizar la vida… religiosa

Se habla hoy de la necesidad de desdramatizar la muerte, incorporándola al normal itinerario de nuestra existencia. El propósito es bueno y tiene, además, un claro sentido cristiano. También habría que empeñarse en desdramatizar la vida. Dramatizar tiene un significado múltiple. Significa llevar al teatro un hecho, una situación, e, igualmente, convertir en tragedia, en conflicto, un acontecimiento humano. No todos tropiezan en su vida con el drama-tragedia-hecho negativo sobresaliente. Algunas personas viven una existencia más lineal, sin sobresaltos. Todos, sin embargo, ocupamos, inevitablemente, unos tiempos en la dramatización. Son esas horas en las que, inevitablemente, representamos unos papeles. Somos profesores, nos sentamos detrás de la mesa del despacho parroquial, utilizamos un lenguaje técnico…Todo en un marco rígido donde el margen de libertad es reducido y la espontaneidad se ve recortada.

Desdramatizar la vida es pasar del escenario de lo impersonal a ese ámbito donde recuperamos la propia individualidad. El funcionario, el ejecutivo o el mecánico que trabaja en un taller, pasa horas atado a su ordenador, se desplaza de un lugar a otro con el maletín o monta piezas con la herramienta en la mano. Cuando termina su jornada, se quita la corbata, deja la chaqueta sobre el sofá, levanta a sus hijos en los brazos, acaricia a su mujer, limpia el coche, juega un partido de tenis, acompaña a su esposa al supermercado…En una palabra, desdramatiza su vida.

Nosotros, sin embargo, cuando concluimos el tiempo funcional –de Tutores, Profesores o Párrocos– entramos, con frecuencia, en otras estructuras cuadriculadas que no siempre son personalizantes y liberadoras. Es inevitable, y necesario, mantener un mínimo de reglamentación y de rito en toda vida humana, pero yo veo en pie un serio interrogante. ¿Cuándo, cómo, dónde desdramatizamos nosotros la vida? ¿Somos suficientemente lúcidos y críticos como para revisar los horarios y las costumbres que la comprimen todavía más? La pregunta me parece de una importancia y una hondura sobresalientes. Quizá, no valoramos la importancia de crear espacios para liberar tensiones, tiempos para la libertad y la personalización. Hay unos indicadores que hablan de cómo el desgaste de los hombres y mujeres de la Iglesia es hoy grande.

Nos han presentado una figura ideal de la vida religiosa. No era sólo una referencia, sino un código de identificación para ser aceptado en nuestra sociedad. A la mitad del recorrido de la vida, es lógico que uno esté cansado por dentro, como si estuviera haciendo una carrera con una pesada mochila a la espalda. La distancia entre la imagen ideal y la realidad de nosotros mismos ha sido, a veces, perturbadora. Además en el gran teatro del mundo, los débiles y los indecisos están mal vistos. En la vida religiosa, todavía más.

La sociedad presiona para que los seres humanos tengan carácter, firmeza. La Iglesia quiere vernos seguros, invulnerables, incontaminados. Total que hay tener un alto grado de madurez y de libertad para relacionarse con uno mismo y con los demás desde la propia debilidad y pobreza.

Llegados a una edad determinada –el llamado demonio meridiano, quizá–, se coloca ante uno mismo una larga hilera de preguntas. Como si hubiera que pasar un examen o se tratase de una revisión de nuestra maquinaria interior, después de cuarenta o cincuenta años de rodaje. Hoy, vivimos en situación crítica permanente.

Parafraseando a San Agustín, podríamos decir que, a todas las edades, nos contemplamos como un enigma y preguntamos a nuestra alma: «¿Por qué estás triste? ¿Por qué te conturbas? Y no tenemos respuesta» (Confesiones 4,4). No tenemos respuesta o hay que verificar, revalidar nuestras respuestas.

Nos educaron, también, para ser imágenes, lo más perfectas posibles, de alguien o de algo. La perfección por delante, aunque quedaran en el olvido necesidades humanas fundamentales. Una difícil acrobacia entre lo que somos y cómo debemos aparecer ante los demás. Un tocar nuestro barro, saber que somos perecederos como las flores del campo, pero que Dios se acuerda y se ocupa de nosotros, según el salmista. Un darnos cuenta que somos cuerpo y espíritu, sexo y afecto, exterioridad e interioridad, objetividad y subjetividad, tiempo y eternidad, libertad y necesidad, muerte y vida.

¿Signos de qué?

¿Por dónde habría que orientar hoy el valor significativo de nuestra vida? ¿Cómo recuperar su función profética o de provocación simbólica? ¿Qué estilo de vida sería más interpelante para creyentes y no creyentes?

  • Signos de tanta libertad como responsabilidad. De tanto realismo como utopía. Expertos en humanidad. (Pablo VI definió en una ocasión a la Iglesia como experta en humanidad). Conocedores del argumento de la vida humana, con sus días y sus noches, con su cuota de sorpresa, de dolor, de fracaso y de conflicto. Capaces de amar sin retener, de tanta soledad como pertenencia comunitaria.
  • Signos de la consagración bautismal expresada de forma clara (Vaticano II, Perfectae caritatis 5). Sin asentamiento cristiano, es imposible una vida religiosa verdadera. No sería un despropósito que hiciéramos una verificación de nuestra historia, nuestra personalidad, nuestro modo de actuar, desde nuestro bautismo, desde los criterios cristianos, que son los criterios del Evangelio.
  • Signos de que Dios, manifestado de modo singular en Jesucristo es nuestro valor absoluto. Hombres por lo tanto, cuyo Señor es Jesucristo. Vasos rebosantes de Dios, en presión de San Agustín (Confesiones 1,3,3). Los consejos evangélicos son un modo de alianza con Jesucristo y el despliegue de las capacidades de la persona, puestas, como Jesucristo, al servicio de la humanidad.
  • Signos de que es posible el diálogo familiar y espontáneo con Dios. Algo muy diferente a ser rezadores, masticadores de Salmos. Una perversión de la oración es hacerla compatible con una visión no cristiana de la vida. La oración de San Agustín tiene un nervio extraordinario. Arranca de las costuras su alma, conecta con lo humano, precisamente porque su oración nunca estuvo apartada de su experiencia.
  • Signos de aceptar lúcidamente el misterio. Como Abrahán o María. Ese misterio que deja intacta la libertad, que es humildad pero también aventura. Que es confianza y coraje.
  • Signos de que el programa del Evangelio es humanamente realizable –aunque, en contienda con otros programas, parezca pobre e indefenso– y de que la felicidad personal más honda y la transformación del mundo pasa por el espíritu bienaventuranzas.
  • Signos de que la palabra necesita seguir haciéndose carne. Por eso, en este extraño y convulsivo de siglo, en este querido y terrible mundo nuestro, hay que ofrecer el testimonio de hombres con entrañas de misericordia. Como agustinos, capaces de comprender todo lo humano y de interpretarlo desde una lectura profunda, porque nada humano nos es ajeno (Carta 78, 8). Embajadores de confianza. Profesionales de esa amistad que no es una alambrada, que no retiene a nadie. Presencia humilde, a pie descalzo, en el mundo de la parroquia, de la Universidad o del Colegio. Moviéndonos entre el realismo y la utopía. La vida religiosa agustiniana, para que sea vida, no puede ignorar el paisaje real, y para que sea religiosa, necesita de la referencia a la dimensión trascendente. Dios y el hombre en un mismo abrazo, como las dos caras de un misma moneda. Por eso se ha dicho que la antropología agustiniana es una antropología teológica.
  • Signos de libertad. A la hora de amar y a la hora de pensar. La gloria de Dios es que el ser humano viva y, como humano, piense, reflexione, viva en estado de interrogación. Y pensar es evolucionar. Quienes creemos en el Dios siempre inabarcable y mayor, tendremos que estar siempre abiertos a nuevos conocimientos. La fe es inspiración de búsqueda y de preguntas. Los misterios amplían más que limitan. Misterio y racionalidad son las dos coordenadas de la fe cristiana. Que San Agustín escribiera una obra titulada «Retractaciones» es consecuencia de su amor a la verdad, de su pensamiento crítico, de la evolución de su pensamiento al paso del tiempo. La vida entera entendida como conversión, sin concesiones a la inercia o la rutina. La actitud revisionista que nace de la voluntad de búsqueda. Escribía Peguy: «Hay algo peor que tener un alma perversa: Es tener un alma acostumbrada».
  • Signos , en fin, de alegría cristiana, de humor. Walter Kasper ofrece en su «Introducción a la fe», una curiosa definición acerca del humor: “ Humor es actitud que deja que los hombres sean completamente humanos y solamente humanos, porque deja que Dios sea solamente Dios, abandonando a su propia ridiculez cualquier otra pretensión de absoluta dignidad o reconocimiento» (Sígueme, Salamanca, 1982, Pág. 151).
Santiago Insunza, OSA