Dios sabe lo que necesitamos

Hay algunos que no rezan o rezan sin fervor, porque saben, según dijo nuestro Señor Jesucristo, que Dios conoce perfectamente lo que nos es necesario antes de que se lo pidamos; ¿habrá entonces que abandonar esa verdad o borrarla del Evangelio? ¡Todo lo contrario!, pues nos consta que da unas cosas sin que las pidamos, como el comienzo de la fe, y otras solamente las da a los que se las piden, como la perseverancia final. Ahora que el que cree que la perseverancia es el resultado de su propio esfuerzo, naturalmente no reza para que se la den. Por consiguiente, hay que tener mucho cuidado, no sea que, temiendo que la exhortación induzca a la tibieza, se apague la oración y se encienda la presunción y la soberbia.

San Agustín, El don de la perseverancia 16,39

¿Pensáis, hermanos, que no sabe Dios lo que os es necesario? Lo sabe y se adelanta a nuestros deseos, Él que conoce nuestra pobreza. Por eso, al enseñar la oración y exhortar a sus discípulos a que no hablen demasiado en la oración, les dijo: No empleéis muchas palabras, pues sabe vuestro Padre celestial lo que os es necesario antes de que se lo pidáis (Mt 6,7 y 8)… Si sabe nuestro Padre lo que necesitamos antes de que se lo pidamos, ¿para qué las palabras, aunque sean pocas? ¿Qué motivo hay para orar, si ya sabe nuestro Padre lo que necesitamos? Dice a alguien: «No me pidas más; sé lo que necesitas». «Si lo sabes, Señor, ¿por qué pedir? No quieres que mi súplica sea larga; más aún, quieres que sea mínima». ¿Y cómo combinarlo con lo que dice en otro lugar? El mismo que dice: No habléis mucho en la oración, dice en otro lugar: Pedid y se os dará. Y para que no pienses que se trata de algo incidentalmente dicho, añadió: Buscad y hallaréis. Y para que ni siquiera esto lo consideres como dicho de paso, advierte lo que añadió, ve cómo concluyó: Llamad y se os abrirá. Considera, pues, lo que añadió. Quiso que pidieras para recibir; que buscaras para hallar y que llamaras para entrar.

Por tanto, si nuestro Padre sabe ya lo que necesitamos, ¿para qué pedir? ¿Para qué buscar? ¿Para qué llamar? ¿Para qué fatigarnos en pedir, buscar y llamar, para instruir a quien ya sabe? Son también palabras del Señor, dichas en otro lugar: Conviene orar siempre y no desfallecer (Lc 18,1). Si conviene orar siempre, ¿cómo dice: No habléis mucho? ¿Cómo voy a orar siempre, si me callo luego? En un lado me mandas que acabe luego, en otro me ordenas orar siempre y no desfallecer; ¿qué es esto? Pide, busca, llama también para entender esto. Si está oscuro, no es un desprecio, sino una ejercitación. Por tanto, hermanos, debemos exhortarnos mutuamente a la oración, tanto yo como vosotros. En medio de la multitud de los males del mundo actual no nos queda otra esperanza que llamar en la misma oración, creer y mantener fijo en el corazón que lo que tu Padre no te da es porque sabe que no te conviene. Tú sabes lo que deseas; Él sabe lo que te es provechoso.

San Agustín, Sermón 80,2

Cuando te pones a orar, necesitas piedad, no palabrería… ¿Para qué orar? Él lo sabe. Denos lo que necesitamos. Si quiso que orases es para dar sus dones a quien lo desea; para que no parezca cosa vil lo dado. Es Él mismo quien inspira tal deseo. Las palabras que nuestro Señor Jesucristo nos enseñó en la oración son la expresión de estos deseos.

San Agustín, Sermón 56,4