Ejercitación del deseo

Lo hace, aunque sabe lo que necesitamos antes de pedírselo y puede mover nuestro ánimo. Esto puede causar extrañeza, si no entendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le mostremos nuestra voluntad, pues no puede desconocerla; pretende ejercitar con la oración nuestros deseos, y así prepara la capacidad para recibir lo que nos ha de dar. Su don es muy grande, y nosotros somos menguados y estrechos para recibirlo. Por eso se nos dice: Dilataos para que no forméis una pareja desigual uncidos al yugo con los infieles (2 Cor 6,14). Mayor capacidad tendremos para recibir ese don tan grande, que ni el ojo lo vio, porque no es color; ni el oído lo oyó, porque tampoco es sonido; ni subió al corazón del hombre, porque es el corazón el que debe subir hasta él; tanto mayor capacidad tendremos, cuanto más fielmente lo creamos, más seguramente lo esperemos y más ardientemente lo deseemos.

San Agustín, Carta 130,8,17