La fe, un acto de amor

La fe no puede ser la consecuencia de un razonamiento lógico. Aunque implica la reflexión y al razonamiento, es ante todo un acto de Amor, un acto que, sin ser irracional, no pertenece al ámbito de la razón.

Se preguntan a los jóvenes porque se quieren, no les van a responder con una lista de los defectos o de las cualidades del otro, para terminar haciendo la media y diciendo: “ella supera el 51% y, por eso, la quiero…” lo que seguramente dirán es algo así: “¡la quiero porque la quiero y eso es todo! ¡La (le) quiero como es!” La fe es un acto de amor. Llega un momento en el que uno dice: “creo” y se deja arrastrar.

Por eso no puede estar de acuerdo con Frossard, cuando escribe, más o menos lo siguiente: “Entré en una iglesia y oí al predicador hablar de un dios imposible de conocer”. Y añade: “salí diciéndome: ¿no me habré equivocado de iglesia? ¿Es realmente ésta una iglesia católica?”. Cuando terminé de leer esta frase, me precipité sobre el nuevo Catecismo de la Iglesia católica para mirar si se había sustituido, sin que yo me diese cuenta, el “Yo creo en Dios” por el” Yo conozco a Dios”…

“Yo creo” expresa una forma de conocer, sin duda, pero una forma de conocer que pertenece a otro orden distinto del conocimiento empírico que nos pueden proporcionar las ciencias. “Yo creo” es un impulso de amor por un misterio infinito.

Abbé Pierre, Testamento 85