La primera condición del seguimiento

«Es tan grande y tan perfecta la oración, en la cual sujetamos a nuestro Creador nuestra voluntad propia, que con otra cosa alguna no le podemos tanto agradar y casi persuadir a nos hacer grandes mercedes, salvo decir de todo corazón: Señor, no sea como yo lo quiero, sino como Vos mandareis y quisiereis. Asentó nuestro Redentor toda la perfección cristiana en tal fundamento y piedra viva, enseñando a negar nuestro querer, de tal manera que, sin primero haber hecho una negación de nosotros mismos, declaró no ser hábiles para seguir a su Majestad. La primera condición que sacó cuando hizo concierto con sus amigos, es esta: El que quisiere venir en mi compañía, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame. Esto dijo el Rey del cielo que en esta oración nos enseñó a negar nuestra voluntad propia cuando habló con el Padre. Gran cosa es tener en poco las riquezas, honras y deleites, y con dificultad se dejan para servir al Señor; mas muy mayor cosa y más difícil es dejar a sí mismo el hombre, degollando a su mayorazgo Isaac por Dios; esto es su parecer y querer, sacrificándole al Señor, lo cual tanto le agrada, que todo lo demás sin esto, es de ningún valor».

San Alonso de Orozco, Vergel de oración II, 10