Notas para ejercicios espirituales

1. Solución y signo

“El Arca no es una solución, sino un signo” ( p 35).

2. Conocer a Dios

… “te desposaré conmigo en fidelidad y tú conocerás Yahvé (Os 2, 21) (…) Conocer a Yahvé no es tener un mero conocimiento teórico, sino tener la experiencia de su presencia, conocerle íntimamente, como el esposo conoce a la esposa y el esposo a la esposa. Conocer a Yahvé es estar en él y El en mi, de suerte que mi corazón lata al ritmo del suyo, que yo tenga sus mismos gustos, sus mismos deseos, sus mismas prioridades, sus mismos anhelos. Es tener la experiencia de ser amado, pero también encontrar en mi esa fuerza nueva que me ha sido dada en el Espíritu Santo” (p. 50).

3. Descubrirse amado por Dios (Os 2, 16ss)

La experiencia del amor de Dios lo cambia todo y, a la vez, no cambia nada. Somos fruto de nuestra historia, la suma de todo lo que hemos vivido desde nuestra concepción; cada acontecimiento, feliz o desdichado, se ha inscrito en nuestra carne, y aunque nuestra memoria no lo recuerde, nuestro cuerpo sí se acuerda de todo. El lleva la huella de cada herida, de cada rechazo, de cada gesto o palabra que ha podido darnos la sensación de no ser amados y, por lo tanto, de ser culpables. (51) (…) somos moderados por todas las gracias recibidas, por todas las rechazadas, por todos los gestos de amor y por todos los gestos de odio de indiferencia, por nuestros fracasos y nuestros éxitos; todo, literalmente todo, se inscriben nuestra carne.

Así, la experiencia del amor de Dios que un día tenemos, no cambia nuestra historia ni lo que nos ha modelado, pero nos cambia a nosotros, porque nos revela que Dios nos ama, tal como somos, no tal como habríamos querido ser, no tal como la sociedad o nuestros padres habrían deseado que fuéramos, sino tal como somos hoy, con nuestras debilidades, nuestras heridas, nuestros temores, nuestras cualidades y nuestros defectos. Tal como somos hoy, somos amados por Dios.

Y si tenemos la impresión de decepcionar constantemente a los demás, de ser incapaces de responder a sus expectativas, a su confianza,a las esperanzas que han depositado en nosotros; si tenemos la sensación de que hay un desfase entre lo que parecemos ser y lo que somos de verdad, entre lo que se nos considera capaces de hacer y lo que podemos hacer realidad, entonces es preciso que sepamos que a Él, a nuestro Dios, no les decepcionaremos.

Él nos conoce con precisión. Él conoce el extraño mundo de tinieblas y luces que nos habita, conoce mejor que nosotros esa mezcla misteriosa que somos, sabe de qué somos capaces. A los demás podemos decepcionarlos porque se forjan sueños acerca de nosotros y nos proyectan en lo ideal; Dios no se siente nunca decepcionado porque ama a quien soy hoy; el no vive en el futuro ni en el pasado, sino en el presente. El ” es ” el presente y me ve en la realidad presente.(…)(52-53).

El descubrimiento de que Dios nos ama hoy, de que no se siente decepcionado de nosotros y de que hoy nos dice: “Sígueme”, constituye un gran misterio. Nosotros siempre sentimos la tentación de decir: “No soy capaz, no sois digno, no soy bueno…”. Pero Dios nos responde: “Yo te amo como eres, y es a ti a quien llamó hoy, a ti, con t

us heridas, tus debilidades, tus infidelidades… y porque has sido infiel, porque me has olvidado voy a seducirte de nuevo, a llevarte al desierto para que puedas comprender cuánto te amo y me conocerás, “conocerás Yahvé” ( Os 2,16-21)( pp 50-54).

Tomémonos hoy tiempo para escuchar a Dios, para escuchar de él: “Eres mi hijo amado”. Sí; somos preciosos para Dios (Cf  p. 54).

4. Tocar nuestras heridas

El misterio de un retiro es oír la llamada de Jesús y descubrir que nos ama, pero también es tocar nuestros duelos, nuestras heridas.

El gran peligro que todos corremos es vivir en la ilusión respecto de nosotros mismos. Solemos ser bastante claros juzgando a los demás, pero a nosotros nos cuesta mucho. Nos creemos maravillosos o abominables, no se exalta amo son os denigramos, pero nos resulta muy difícil vernos tal como somos.

En nosotros suele haber cosas que no queremos ver, que rechazamos. Un alcohólico, por ejemplo, rara vez reconoce serlo, y todos tenemos tendencia a negar algún aspecto de nosotros mismos.

Jesús quiere enseñarnos a conocernos tal como somos, con nuestra profunda vocación al amor, con todos nuestros dones, con toda la belleza que hay en nosotros, pero también con todo lo que hay herido, frágil, pobre.”(p. 75) Lo ejemplifica con el encuentro de Jesús con la samaritana y lo aplica a nosotros diciendo que todos llevamos una samaritana dentro, la herida que ocultamos.

5. Acoger al pobre oculto entre nosotros

Jung escribía a una de sus corresponsales cristianas estas palabras que cito de memoria: “Admiro a los cristianos porque en quien tiene hambre o sed veis a Jesús. Cuando acojáis aún extraño, alguien diferente, acojáis a Jesús. Cuando vestís a alguien que está desnudo, vestís a Jesús. Lo considero muy hermoso, pero lo que no comprendo es cómo nunca veis a Jesús en vuestra propia pobreza. Queréis hacer siempre el bien al pobre que está en el exterior y, al mismo tiempo, negáis al pobre que está en vuestro interior. ¿Por qué no podréis ver a Jesús en vuestra propia pobreza, en vuestra hambre y vuestra sed?; ¿ no veis que también hay un enfermo en vuestro interior, que también vosotros estáis encerrados en una cárcel de miedos, que en vosotros hay cosas extrañas: violencia, angustia, cosas que no controláis y que son ajenas a vuestra voluntad? En vuestro interior hay un extraño, y hay que acoger a ese extraño, no rechazarlo, no negar su existencia, sino saber que está ahí, y acoger libera Jesús en él”.

Este texto me ha ayudado mucho. Es verdad: sólo puedo recibir a Jesús en mí si recibo al pobre que hay en interior. Y, a partir de esto, pude descubrir una verdad muy sencilla: sólo puedo acoger verdaderamente las heridas de Inocente, Eric y Luisito, si acojo mis propias heridas. ¿Puedo sentir verdadera compasión por ellos si no siento compasión por mí mismo? Si niego mis propias heridas, negaré las heridas de los demás y los apartaré de mi camino para que no me obliguen a pensar en ellas.

Por lo tanto, el misterio del pobre es que revela a la vez el pozo de ternura y todo lo endurecido de nuestro corazón, todas nuestras heridas.//Y el gran secreto que Jesús nos revela es que está presente en nuestras heridas, en el pobre que hay en cada uno de nosotros reliquia y que acoger” (pp 93-95).

6. Aprender a vivir juntos

Todo empieza un día por la llamada de Jesús: “Ven, sígueme”, nos dice, o bien: “Conviene que hoy me quedé yo en tu casa”. Todo empieza por ese encuentro corazón a corazón con Jesús y por esa llamada personal. Y después, en una segunda etapa, Jesús nos hace conocer a otras personas a las que también ha llamado; son todas distintas y todas han sido llamados: es la creación de la comunidad(…).

Vivir en comunidad en familia no es fácil. A veces es incluso muy difícil. En cuanto unos seres humanos se reúnen se ponen a luchar para tener el sitio mejor o para alcanzar el poder; no siempre para ejercer lo realmente, sino a menudo simplemente para estar en primer plano, para mostrar que saben más que los demás y que son los más fuertes.

Jesús nos llama a vivir en comunidad para que tengamos también la experiencia del conflicto, para que descubramos también que personas a las que queremos y otras a las que no soportamos, para que tomemos conciencia de lo que ello provoca en nosotros. Cada cual, en efecto, reacciona de forma diferente: unos encierran en la depresión, otros huyen buscando compensaciones o les corroe la envidia o les desequilibran el odio o la ira…

Es importante que tengamos esta experiencia, porque así comprenderemos un poco mejor lo que Jesús dice sus apóstoles cuando dice: “Amaos los unos a los otros”. Y nosotros exclamamos: “¡No; yo no puedo amar a tal o cual persona!”. Y Jesús dice: “Pero vosotros, los que me escucháis, yo os digo: amad vuestros enemigos, haced el bien a los que/// os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen”( Lc 6, 27-29).

Y añade que es fácil amar a los que nos aman. Es verdad, a todos nos ablandan los cumplidos, la buena opinión de los demás e incluso los halagos. Pero Jesús nos dice: “Más bien, amad vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio”.

Y el enemigo no está lejos, no es un extraño armado, sino a menudo alguien cercano a mí: esa persona que no soporto en mi comunidad, en mi familia, en el trabajo…, esa persona que me pone en peligro porque es demasiado diferente y me impide ser ello mismo, esa persona que amenaza mi libertad, mi creatividad, mi alegría de vivir con su sola presencia, esa persona que suscita mi ira, mi depresión o mi agresividad.

Una de las cosas importantes durante un retiro es descubrir quienes nuestro enemigo. Es muy importante preguntársele verdad, delante de Dios, quien me bloquea, me amenaza, me angustia o me hace refugiarme la tristeza o la agresividad.

Es normal tener enemigos, es decir, personas que tienen incidencia nuestra vulnerabilidad, que despierta nuestros mecanismos de defensa, es algo que forma parte de nuestra humanidad. Y, sin embargo, Jesús nos dice: “Amad vuestros enemigos”.(…)//

Descubrir quienes nuestro enemigo es muy importantes durante un retiro. Por lo tanto, voy a pediros que os interroguéis en silencio y busquéis quién suscita el miedo en vosotros, a quien os esforcéis por evitar, con quien os negáis a dialogar, a quien no queréis escuchar…

Después, llevad a esa persona a vuestra consciencia, y escuchad a Jesús deciros: “Ámala”.

Así tomaréis también conciencia de vuestras resistencias: “No; no es posible; no lo consigo. Me ha hecho demasiado daño, suscita en mi dema//siado angustia, me destruye… ¡no puedo amarla!”. Y puede surgir en vosotros la ira contra lo que os parece una exigencia excesiva: “Lo que me pides es demasiado difícil. ¡No puedo amarla! Sencillamente, es imposible”.

Escuchad Jesús deciros: “Es verdad; no puedes. Pero confía en mí; para Dios no hay nada imposible”. Porque este mandamiento es ante todo una promesa: “Conmigo podrás amar incluso tus enemigos”.

Somos verdaderamente cristianos cuando descubrimos que Dios es el dueño de lo imposible, y que nosotros necesitamos del Espíritu Santo para hacer aquello que no podemos hacer por nosotros mismos.(…)

En tanto no descubramos que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios [Mc 10,24-27] no seremos verdaderamente discípulos de Jesús./104/

La vida del discípulo consiste en llegar hasta el final, hasta que resulte imposible y descubrir entonces que Dios puede hacer posible lo imposible.

En tanto creamos que podemos vivir la alianza que hemos establecido en nuestra comunidad o de nuestra familia únicamente con nuestras fuerzas, no estaremos aún verdaderamente en la alianza.

En tanto creamos que la alianza depende sólo de nuestra decisión: “Me siento bien en la comunidad, las personas no reconfortan, quiere entregar y servir…”, no habremos descubierto realmente lo que es.

La alianza es un don de Dios. El es quien me da la fuerza para vivirla día a día, y yo reconozco que sólo no lo conseguiré. La alianza se revela cuando empiezo a decirme: “No puedo; jamás podré pasar la vida con esta gente; pero lo que yo no puedo, sé que Dios y puede hacerlo” .

Debo comenzar por reconocer mi pobreza frente al pobre, para descubrir el camino viene de Dios. Debo constatar que soy incapaz de vivir en paz con los demás, para descubrir que el corazón del evangelio es el perdón y que la respuesta de Dios al conflicto, la guerra y la desunión entre los hombres es la reconciliación.

Si; la reconciliación es un don de Dios que nos arranca de la culpabilidad, la opresión la competitividad y el odio.( 99-104).

7.  El perdón

/105/ El perdón es ante todo el reconocimiento de la alianza, no una exhibición de buenos sentimientos ni una exaltación pasajera capaz de llevarnos de repente a la efusividad con una persona que rehuíamos hasta ese momento, sino el reconocimiento en la profundidad de nuestro ser de que  hay una alianza entre nosotros, y que esa persona que puede resultarme antipática o que no me atrae en absoluto tiene derecho a tener un sitio en mi comunidad, en la sociedad suele iglesia, que tiene derecho a vivir y  crecer, y que Jesús es quien la ha llamado a ese sitio, y yo debo respetarlo.

El perdón empieza por el respeto por el lugar del otro. A continuación hay que reconocer que perdón a requiere tiempo.

/106/(…) Somos como árboles torcidos y necesitamos enderezarnos  reaprender a crecer erguidos, y ello puede llevar tiempo.(…)

Aquella mujer decía: “No puedo perdonar. Me ha hecho demasiado daño”./107/Pero añadía: “Ruego a Jesús que Él le perdone”.

Aquella mujer había verdaderamente perdonado, pero sus sentimientos aún no habían tenido tiempo de cambiar. Su ser profundo había perdonado, pero aquel perdón tenía que penetrar en su sensibilidad. El hecho de que dijera: “Ruego a Jesús que le perdone “mostraba aquel perdón estaba en el fondo de su corazón.

El perdón es divino; es el secreto más profundo de Jesús, es el corazón del evangelio, es el don que Jesús quiere concedernos para que seamos instrumentos de unidad, artífices de paz. Una comunidad, una familia, no puede existir si no se fundamenta en el perdón. Y el perdón empieza por el reconocimiento de que cada persona tiene un lugar y un don que hacer realidad.( 105-109).

8. El sufrimiento

Jesús no ha venido a explicar el sufrimiento ni a justificar su existencia. Nos ha revelado algo distinto: que todo sufrimiento, toda herida, puede convertirse en ofrenda, puede convertirse en fuente de vida y ser fecunda.

Humanamente no es ni comprensible ni posible, sólo mediante una gracia completamente nueva del Espíritu Santo podremos, no entender el sufrimiento-nunca no entenderemos-, sino aprender a ofrecerlo y a percibir en ese don tan humilde un misterio de amor y comunión que David al mundo.

VANIER, J., La fuente de las lágrimas. Un retiro de alianza. Sal Terrae, Santander 2004, pp. 181